Una causa noble
"¿Abuela? ¿Señora?".
No fue más que un susurro silencioso, pero suficiente para despertar a Eva. Durante un momento se sintió desorientada y creyó haber vuelto a su salón en el distrito Peregrino. Su manta de ganchillo sobresalía por un lado del sofá y Carlos estaba de pie junto a ella… pero no era Carlos.
Los ojos preocupados de Ramos, el cazador, la miraban desde arriba. Algunos guardianes que llegaban a los Clandestinos habían empezado a llamarla "abuela", pero Ramos había estado con el grupo durante todos los largos meses de la guerra.
Era muy protector, tanto que a veces resultaba asfixiante. Ella suspiró y se frotó los ojos al mismo tiempo. "Ya va. Ya va. ¿Qué hora es?". Se sentó en el avejentado sillón sobre el que dormía e hizo una mueca de dolor mientras intentaba deshacer las contracturas ocasionadas por dormir de costado.
"Creo que casi las siete", dijo en voz baja y avergonzado.
Ella lo fulminó con la mirada. "Se suponía que me ibas a despertar hace una hora".
Él ladeó su sonrisa. "Necesitabas descansar".
Se levantó con cuidado y se balanceó sobre sus piernas inestables; se giró para que no pudiera detectar su irritación. "¿Están esperando?".
"Acaban de llegar. Otro motivo por el que no te desperté. No te esperan hasta dentro de diez minutos", dijo intentando justificarse.
Eva lanzó otro suspiro. "Gracias, Ramos. Tienes razón, necesitaba dormir. Anoche volví a acostarme demasiado tarde. Diles que bajo ahora".
"Sí, señora". Parecía más alegre. Salió de la habitación a paso ligero y más seguro de sí mismo.
Eva entró en el cuarto de baño de la habitación principal, en la primera planta del edificio. Una vez hubo terminado con su rutina matinal, vertió el agua de una de las botellas de racionamiento en el lavabo previamente tapado para lavarse, intentando reponerse tras haber dormido en un sofá medio podrido de un edificio abandonado.
Con el agua aún goteándole de la nariz, buscó a tientas uno de los trapos que usaba como toalla y se secó la cara. Cuando abrió los ojos, una desconocida le devolvió la mirada.
Eva siempre había sido de complexión delgada. Todavía recordaba las regañinas de su madre por no comer y no dejar el plato limpio. La mujer que ahora veía estaba realmente demacrada. Bolsas bajo los ojos, el pelo extremadamente corto, ¡y esas pintas! Las vestimentas que llevaba el día del ataque no le duraron ni dos semanas, no estaban hechas para aguantar en condiciones duras. El atuendo que se cosió a mano jamás lo habrían aceptado en la Torre, pero… aquí no les quedaba otra. Al menos había podido rescatar su característico chal. Para recordarle tiempos mejores…
Mientras se dirigía al salón, Eva recordó que, por supuesto, esos tiempos mejores eran el motivo por el cual el grupo estaba congregado abajo. Todos los líderes de las células clandestinas se habían reunido para llevar a cabo un debate importante y tal vez definitivo.
Para los Clandestinos, la Guerra Roja había sido una asombrosa victoria. Habían ganado. Los únicos civiles y guardianes que quedaban en la Ciudad eran aquellos que no querían o no podían marcharse. Eva frunció el ceño, entristecida.
Cada cierto tiempo, les llegaban historias sobre algún grupo de guardianes aniquilados por la Legión en un búnker que se suponía seguro. Las bajas civiles habían sido abrumadoras, tanto en el ataque inicial como en los meses posteriores.
Mientras contemplaba la calle a través de una hendidura de una ventana tapiada, tuvo que admitir que se sentía… satisfecha. Lo único que les quedaba por hacer a los Clandestinos era retirarse e intentar llegar a la Villa, al grupo de Hawthorne, donde estarían más seguros. Eva alzó la mirada, recorrió las calles vacías hasta visualizar la distante, retorcida y destrozada Torre.
Había decidido quedarse. Los guardianes como Ramos podrían comprobar cómo estaba de vez en cuando, pero alguien debía quedarse atrás para mantener las luces encendidas. Podrían quedar más refugiados por ahí. Con esperanzas de encontrar… la manera de escapar.
Se apartó de la ventana para dirigirse al piso de abajo cuando una explosión arrasó la calle frente al apartamento, y el mundo de Eva se volvió blanco.