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Último día

Eva negó con la cabeza por segunda vez en escasos minutos, tratando de comprender dónde se encontraba. No había habido advertencia alguna. Oyó el rugido quejoso de un motor que la sobrevolaba y, acto seguido, una explosión tremenda arrasó con la calle frente al apartamento del Subterráneo. El estallido la zarandeó contra el suelo como a una muñeca, y le dolía todo. De pronto, escuchó los alaridos guturales de soldados cabal en una zona próxima, que pronto recibieron la inconfundible respuesta de disparos de armas de los guardianes. Alguien gritaba. No se lo pensó: se puso de pie y avanzó dando tumbos hacia el rincón donde se encontraba su escopeta sobre una mesilla. Tres pasos, cuatro, y se hizo con el arma. Justo entonces, la puerta del apartamento salió despedida, y entraron un par de psiónicos armados. A la Eva Levante costurera de la Torre la habrían pillado por sorpresa, pero la escuálida mujer a la que acababa de ver reflejada en un espejo llevaba meses practicando su puntería. Los incontables entrenamientos la habían preparado para la acción, y su primer disparo alcanzó al individuo de la derecha en el pecho y lo lanzó fuera de la habitación. No obstante, no estaba preparada para el retroceso del arma y sintió un crujido en el brazo cuando la escopeta se propulsó contra ella. Sin saberlo, ese susto la salvó, pues provocó que se desplazara a un lado, con lo que esquivó por poco los disparos del otro cabal. Con un alarido, alzó de nuevo el arma, y su disparo embistió contra el individuo con tal fuerza que lo lanzó contra la pared más alejada. Recargó la escopeta con una sola mano, respirando con dificultad, y aguardó expectante. No escuchó más movimientos. La pelea era encarnizada en la planta de abajo; tenía que ir a ayudar. Se aproximó a la puerta con la escopeta preparada… El sonido que provocó la irrupción de un can de guerra por la ventana del apartamento se vivió como una segunda explosión. Eva rodó por el suelo conforme la bestia escamosa se apartaba para que dos más saltaran desde la nave de tropas que sobrevolaba la zona al pequeño dormitorio. Aterrizaron con sorprendente elegancia y las tres fijaron sus hambrientas miradas en la costurera. Las babas salpicaban el suelo mientras las fauces plagadas de colmillos se relamían. Eva disparó. Las bestias embistieron.