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II: Huecálido

Cuando Namrask se siente con fuerzas, utiliza cortadores de lazos no fluidos para ayudar a los drekhs a conectar sus túneles de hielo con otros hábitats. Teje esterillas de huecálido para aislar los túneles y, con ellas, algunos lugares se calientan lo suficiente como para quitarse algo de armadura. Eclosiona una nidada de huevos y las crías crecen en la madriguera. Por primera vez desde que huyó de la Costa Enredada, Namrask tiene tiempo para pensar en algo más que en su propia supervivencia. Entonces, la guerrera Filaks, una lugarteniente de Eramis, viene a reclutar. Sobre el hielo áspero y bajo un cielo negro, ella les hace ver vídeos de Eramis alzando una losa de cristal, como si fuera un muro, o atrapando a un minotauro vex en un ataúd de escarcha. "Este es el futuro de todos los elixni. ¿Quiénes de vosotros empuñaríais este poder?", pregunta. Él no levanta la cabeza. "Tú". Namrask alza la mirada, con prudencia. La pistola voltaica de Filaks le toca la frente. Deja el arma en el suelo, una señal de tregua, y hace la reverencia ireliis en señal de respeto. "Tienes el tamaño de un viejo guerrero. ¿Por qué no te acercas?". Teme que le falle la voz. Suena fuerte, pero como si fuera la voz de otro: "Vi lo que pasó la última vez que los elixni desearon un nuevo poder. Y la vez anterior, y la anterior. No quiero formar parte de ello". Filaks se encoge de hombros, coge su pistola y se aleja. "Hay muchos que están deseando ocupar tu lugar". Más tarde, Yriks intenta hacerle cambiar de opinión, pero Namrask vuelve a negarse. "La autoridad de Eramis proviene de su capacidad para conceder este poder. No puede dárselo a todo el mundo, de lo contrario, perdería su autoridad ", dice él. "¿Ha destruido sirvientes?". "Creo que sí", murmura Yriks. "Una drekh me ha dicho que despedazó a un sirviente durante un ritual de entrega de poder, solo para demostrar que las viejas costumbres deben morir". "Claro". ¿La sociedad se basará siempre en la violencia? En una estructura así, el trabajador esencial nunca es el tejedor, el agricultor o el sanador, sino el drekh: una pistola, un cuchillo, una unidad de trabajo. Asalariado para robar todo lo que pueda: el valor de una vida de drekh. Y Namrask ayudó a crear esa ley. Ruge. "Ella habla mucho de la salvación, pero no puede salvarnos a todos. Se asegura de que haya poco éter. Más del que podemos conseguir a solas, pero no todo el que necesitamos. Esa es su forma de controlarnos". "Tienes buen instinto para la estrategia", observa Yriks con picardía. "¿Quién eras antes de convertirte en nuestro tejedor hueco?". "¿Sabes cuál es el secreto del huecálido?", pregunta y coloca bruscamente un trozo en el suelo para que una pequeña cría parlanchina se siente a jugar sin congelarse en el hielo. "¿Por qué es un aislante tan valioso?". "¿Cuál es el secreto del huecálido, Namrask? ¿Por qué es tan valioso?", repite ella en tono de burla. Namrask le muestra un hilo de aquel material, de punta a punta, para que pueda ver las pequeñas burbujas de vacío que llenan el centro. "Está hueco", dice. "Pero si lo fuerzas, la nada se rompe y, entonces, pierde su utilidad".