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III: Tela de estandarte

Europa es más fría que el vacío porque el hielo absorbe el calor más rápido que el vacío puro. El éter de producción local sabe a hielo y a radiación, a metal y a sangre. Namrask se da cuenta de que este no es un nuevo paraíso elixni, sino uno muy antiguo. Un paraíso que siempre cae. "Haz algo", le ruega Yriks. "Todos vamos a morir aquí si no haces nada". "No", protesta Namrask, sin levantar la vista de su telar. Teme sentir la tentación de aceptar el obsequio de Eramis si se acerca a ella. "Haz algo", le ruega Eoriks. "Encuentra a alguien que nos proteja. Seguro que conociste a grandes guerreros cuando eras importante". "No", repite Namrask. Sostiene a una cría bajo una lámpara de calor para que no pase frío. Teme que, si hace venir a alguien a Europa, este acabe uniéndose a Eramis. "Haz algo", le ruega Oeriks. "Encuentra una forma de salir de Iiropa. Si lo que dices es cierto, Eramis nos condenará a todos. ¿De qué tienes miedo?". "Vale", espeta. "Entonces, buscaré a un traidor". Por primera vez, Namrask emprende el largo camino hacia el Renacimiento de Riis. Está construido sobre las ruinas de una antigua ciudad humana y la arquitectura angular y abarrotada le hace gruñir de miedo y de sed de sangre. Recuerda cuando los elixni rompieron los muros de aquella ciudad, que no era tan última como se creía, y tomaron lo que había dentro. Sniksis y Piksis, que vigilan los aposentos de Eramis, se inclinan en una reverencia ireliis. "Ella te honrará si tú la honras a ella, oh gran Akh…". "No lo digas", protesta. No menciones ese nombre robado. "No he venido por Eramis. ¿Dónde está Variks?". Cuando Variks, el viejo juez, ve a Namrask, se ríe. "Pensé que te quedarías en ese agujero para siempre". "Tú me enviaste ahí, ¿verdad?". "Yo no, señor". Variks da una palmada en diagonal, un par de manos, luego el otro par. "Era la capitana de día, que no tenía ni idea de quién eras en realidad. ¿Te sienta bien eso de que te olviden, viejo Espada de Humo?". Namrask aprieta los dientes. Con esfuerzo, se agacha y apoya los cuatro brazos en el suelo. "Vengo a pedir un favor". "No". Variks susurra. "Mi juicio no ha cambiado, infortunio de las masas. No ofreciste piedad y no la obtendrás". "Tienes la costumbre de servir a reinas que te abandonan", susurra Namrask en respuesta. "Eramis está condenada, Variks. Está tocada por el Tornado. Como yo también lo estuve". "Ella sabe lo que arriesga. ¿Por qué si no habría enviado a su pareja y a sus crías a otra estrella?". "¿Athrys se ha ido?". Una terrible noticia. Ella era el único destello que guiaba a Eramis. "Siempre tienes una vía de escape. Quiero una parte…". "¿Ahora huyes de la batalla?". La voz del juez es ligera, sin sarcasmos, le plantea una pregunta sincera. "¿Cuándo podrá Eramis volver a hacerte poderoso?". "Ahora sobrevivo como sobreviven los drekhs. Tengo crías, me gustaría que se salvaran". "Había crías en las naves que abandonaste en Riis. Y niños humanos en Londres…". "¡Ya no soy un asesino!". "Sí, lo eres". "¡Pero no quiero serlo! Cuando estaba en el Arrecife, yo…". Namrask habla con dificultad. "Yo vi a la bestia Fikrul. Antes de eso, había visto a los Demonios simbiontes. Pero esta humillación de nuestra forma, esta venganza… Esto debe terminar, Variks. Por favor, ayúdame". "Nada de favores", sentencia el juez. "Para ti no. Sin embargo…". La mano protésica de Variks dibuja letras en la nieve. Namrask parpadea con sus segundos ojos varias veces antes de comprender que se trata de escritura humana: "Mithrax". "Le mencionaré tu nombre". Variks borra las letras. "Pero esto no es un favor". Su mano metálica toca los estandartes azules deshilachados que cuelgan de su cintura. "A cambio, quiero que vuelvas a hacerlos con tela de estandarte nueva. Te enviaré el hilo. Tejerás para mí, 'Namrask'". Namrask se esfuerza, pero el hilo de estandarte es demasiado fino y el tejido demasiado denso; no puede completar su encargo antes de que llegue la noticia de que Variks ha convocado a los guardianes, los pedazos de chatarra, a Europa.