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IV: Capa de dispersión

Namrask entra a toda velocidad en la madriguera, apresurándose a seis patas y gritando: "¡Tenemos que irnos! ¡La muerte se acerca por el hielo!". Oeriks, Eoriks e Yriks hacen correr la voz. Vienen más de los que Namrask había esperado. "Tenemos que escondernos cerca de los pedazos de chatarra y robar suministros, o la radiación y la falta de éter nos matarán". Se van. Pero, menos de una hora después, un balazo perfora la armadura de Namrask. Apenas lo nota, pero el chorro de aire y éter que estalla en el vacío lo lanzan hacia atrás. "Un guardián", advierte. "Llamará a los suyos". A los guardianes les encanta juntarse como carroñeros sobre los adversarios fáciles de asesinar y saquear. Otra bala impacta en el casco de Namrask. "¡Los que tengáis tela de dispersión, dadme vuestras capas!". A cambio de la primera capa, Namrask entrega su telar a una vándalo. "Pero tiene un valor incalculable", protesta ella. "¡No puedes regalarlo!". "Volveré a buscarlo", promete. Febrilmente, Namrask cose las capas para crear un gran manto. La sangre se derrama en el interior de su armadura. Dispara su lanzador de metralla contra el hielo para crear vapor: "¡Así!", vocifera. "¡Cread una nube y corred!". Disparan contra el hielo y huyen. Mientras la tormenta de hielo se instala en la baja gravedad de Europa, Namrask se arrastra hacia el guardián bajo un manto de invisibilidad. De vez en cuando, emerge para que el guardián lo vea y lo persiga a él en lugar de a los demás. Y el guardián lo persigue. Namrask se acurruca contra el hielo y empieza a congelarse. Los humanos son una burla larguirucha de la forma elixni: dos brazos, dos ojos, una cara de muñeca lisa y anodina, y unos diminutos dientes redondos. Se acuerda de los guardianes que ha matado, ocho veces. Nunca le han gustado los Espectros. Recuerda el olor a carne quemada. Humanos corrientes, jóvenes y viejos. Sus jardines y sus estructuras. Su estrella y su mundo. No consigue olvidar aquella orden que dio: Quemadlo. Quemadlo. Quemadlo. El guardián se acerca. Namrask derrite un charco con los radiadores de su armadura. El guardián usa la punta de su espada para examinar el hielo que hay junto al manto de Namrask. Namrask emite un pequeño sonido: "Todavía no quiero morir". Una pistola voltaica dispersa la armadura del guardián. Se gira, baja la espada y alza el fusil para apuntar a Yriks. La tonta y valiente Yriks, que sale corriendo a seis patas, como un drekh. Ella lo ha salvado. El guardián se burla de ella diciendo: "Ooh, bonyenne, tu m'as tiré! Tu voulais mon attention? Ben tu vas l'avwère!". Aparece su vehículo. El guardián se sube y persigue a Yriks. Namrask nunca vuelve a verla.