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V: Acuatela

Algunos miembros de su grupo vuelven y lo encuentran medio congelado en el hielo, moviendo sus extremidades febrilmente y llamando a Yriks. Mientras lo sacan de ahí, una nave se eleva en la distancia, brilla mientras entra en modo sigiloso y desaparece. Están perdidos. "¿Por qué habéis vuelto?". Namrask gimotea. "Idiotas. Deberíais haberos quedado con los demás… Escapar…". "Tenía que devolverte el telar", dice la vándalo. Lo coloca sobre su pecho herido. Él grita. Van pasando los días y la radio emite con dificultad lejanas transmisiones. Datos tácticos encriptados entre sirvientes, sermones de Eramis, el canto del mundo rojo que hay en el cielo y, de vez en cuando, el cacareo de las lenguas humanas que se jactan de una nueva conquista, o se quejan de algún obsceno combate de gloria celebrado por diversión. Filaks ha muerto. Praksis también. La sacerdotisa Kridis ha muerto, Sniksis y Piksis han muerto con ella, y el sirviente primario está destruido. Eramis está muerta, consumida por su propio poder. Una de las nativas del antiguo Riis. Nunca habrá otra como ella. Namrask sabía que iba a terminar así. Lo ha vivido una y otra vez. Su pueblo caído ha aprendido tan bien lo que es la derrota que ahora se derrota a sí mismo. Enfurecido, araña el hielo. Para su grupo de supervivientes perdidos, fabrica refugios con acuatela, una piel sintética con gruesas vejigas rellenas de hielo para bloquear la radiación. Cuando la herida le duele mucho, insensibiliza con el hielo. Turrha lo ve, pero no dice nada. Él lo agradece. "Debemos encontrar un transmisor", dice. "Debemos pedirle a Misraaks que vuelva". Pero los supervivientes siguen en Europa. Buscan a Namrask, junto a sus crías y con poco éter. Y, si ellos encuentran a Namrask, también pueden hacerlo los que quieren matarlos.