III. Forja fría
"Alerta, nuevas Luces".
Shaw Han le hablaba al grupo de guardianes reunidos en los confines del Cosmódromo. Tras ellos, se extendía un campo lleno de automóviles antiguos.
Los guardianes se agruparon distraídamente, moviéndose inquietos en sus armaduras nuevas. Han saltó sobre el capó de un viejo coche oxidado para que los demás pudieran verlo entre los enormes titanes que había delante.
"Ya habréis oído que vienen a por vosotros", dijo Han. "Que la diosa del engaño de la colmena se ha hecho con la Luz misteriosamente y que va a enviar a los peores matones que la humanidad jamás haya visto para aniquilaros por completo".
Han se encogió de hombros.
"Pues habéis oído bien".
Los guardianes alzaron las armas y miraron al cielo con cautela.
"Vienen hacia el Cosmódromo porque las historias que más les asustan empezaron aquí. Quieren aniquilar a toda una generación de guardianes en su mismo lugar de origen". Han señaló a los guardianes, que todavía se aferraban a sus armas con inquietud. "Creen que pueden ir a por vosotros porque sois nuevos e inexpertos. Creen que sois un blanco fácil".
Un cuervo demacrado apareció entre aquel mar de metal retorcido y empezó a graznar. Han sonrió y se sacó un pequeño frasco del cinturón, lo giró y lo arrojó hacia la fila de vehículos que había detrás de él.
Ante la escena, los guardianes se inclinaron, pero no ocurrió nada.
"Pero se equivocan", continuó.
"Ellos tienen la Luz, igual que vosotros. Son fuertes, igual que vosotros. Pero vosotros salisteis de vuestros ataúdes aquí mismo, en el corazón de la Antigua Rusia, como muchos otros grandes guerreros, y formáis parte de la Vanguardia".
Han esperó un momento, como si saboreara el aire.
"Y pertenecer a la Vanguardia… es algo grande. Los guerreros más poderosos del mundo están aquí y os apoyan. Ikora, Zavala, Saladino, Shaxx, Saint-14… Los guardianes que han conseguido acobardar a la colmena y hacer que huyan hacia sus miserables agujeros una y otra vez están en la Torre y os protegen".
"Demostradles que estáis dispuestos a luchar por la Vanguardia y ellos os enseñarán cosas asombrosas. Aprenderéis a crear un escudo de luz estelar, a empuñar una espada más ardiente que el Sol…".
A sus espaldas, una repentina explosión lanzó un chorro de tierra y metal oxidado por los aires. Los guardianes, sobresaltados, se acercaron unos a otros.
"… y aprenderéis la importancia de las Granadas trampa", concluyó Han girándose. Entre el polvo, distinguió los restos de un caballero de la Colmena Lúcida.
"Un momento", dijo.
Se acercó a los restos, metió la mano en el humo y sacó un Espectro de la colmena que se retorcía en su puño.
La afilada coraza del Espectro le hizo un corte en la mano. La sangre manchó su parpadeante ojo verde.
"¡Moriréis todos!", espetó.
Han volvió a saltar sobre el capó del vehículo, todavía sujetando al Espectro. "Matar a un Espectro no es fácil, sean suyos o nuestros", dijo. "Se necesita mucha potencia de fuego o un arma especial. Algo que esté más allá de las leyes de causa y efecto. Algo que sea paracausal".
Han miró a los guardianes y, con su puño, aplastó al Espectro, que explotó con un destello de llamas burbujeantes.
"Algo como nosotros", dijo Han. "Como vosotros".
Un rugido retumbó desde el bosque distante. Unas llamas oscuras se alzaron sobre las copas de los árboles y las magas aparecieron en el cielo. La tierra tembló y una horda de ogros empezó a cruzar el campo apartando a golpes los restos de los coches destartalados.
"Vosotros", gritó Han por encima del ruido. "Todos vosotros sois armas elegidas por la Luz. Ahora la colmena también lo es y, si estáis solos, puede parecer que tenéis la misma fuerza".
"¡Pero sois parte de la Vanguardia!". Han se giró hacia el ejército de la colmena. Su arma brillaba con un resplandor dorado.
"Y eso significa que nunca estáis solos".
Y cuando la Colmena Lúcida, ansiosa por devorar nuevas Luces, alcanzó a Shaw Han… tuvo que enfrentarse a la Vanguardia.