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IV. Desactivación

Cuervo se puso la capucha y observó cómo salía del Hangar la nave del guardián para perseguir el buque insignia de Caiatl, que se dirigía hacia el Bastión Escarlata. Se mantuvo oculto mientras llegaba al CLME, abriéndose paso entre la multitud del bazar fácilmente y con gracia, pasando desapercibido. Sus movimientos ligeros contradecían la punzada de culpa que sentía en el estómago: Saladino le había pedido que se hiciera cargo del reconocimiento de la misión, pero él estaba ahí, recorriendo la Torre como un ladrón. Sin duda, habría consecuencias, pero podía aceptarlas. "Todos debemos hacer sacrificios", pensó. Contuvo su aliento mientras abría las puertas que conducían al Psisorium. Mientras se cerraban a sus espaldas, se bajó la capucha, suspiró y sonrió. Cuervo miró a los guerreros de la Colmena Lúcida, flotando en tanques de contención. No estaban muertos, pero tampoco vivos. El psiónico tembloroso estaba sentado en su silla. Sus largos dedos se movían ligeramente y de su cráneo emanaban pulsos de energía azul que penetraban en lo más hondo de la máquina. "Buenas noticias", dijo Cuervo al entrar. El psiónico, como de costumbre, no dijo nada. A Cuervo no le importó. Seguramente necesitara toda su energía para mantener a esos combatientes de la colmena bien preservados y así poder hurgar en sus recuerdos. "Gracias a ti, esta guerra ha terminado". continuó Cuervo. "Han enviado al guardián. Y cuando el guardián se propone algo, lo hace". Un viejo recuerdo le provocó un picor en el cuello. "Confía en mí". Cuervo se acercó a una pantalla llena de runas cabal. Navegó por los menús hasta dar con el símbolo de la Vanguardia en un rincón. Lo pulsó y el idioma de la pantalla cambió. Sacudió la cabeza, maravillado. "Imagina lo que seremos capaces de hacer en el futuro, cuando no estemos tan ocupados exprimiendo secretos de la colmena". Cuervo frunció el ceño y miró los tanques de contención. "Cuando dejemos atrás todo este horror", añadió mientras seguía inspeccionando los menús. "Ahora, ¿cómo desactivamos esta cosa?". Encontró su respuesta en un directorio de comandos oculto: SEGURIDAD > ANULACIÓN > DESACTIVAR > INMEDIATAMENTE. Hizo una pausa para imaginar la reacción de Saladino. Pero si alguien podía entender esa situación, era él. "Después de todo", se dijo Cuervo, "encontrar el camino correcto no es fácil". Cuervo ejecutó el comando. Caminó hacia el psiónico mientras las luces de la máquina se encendían de color rojo una tras otra. "Vámonos de aquí, amigo", dijo mientras el psiónico empezaba a sacudirse. Pestañeó lentamente y abrió el ojo. Cuervo sonrió y saludó con la mano. "Buenos días", dijo. "¿Te apetece comer ramen?". La corriente pulsante que atravesaba los tubos que el psiónico tenía en la nuca se ralentizó y Cuervo hizo una mueca de dolor al sentir una punzada en la mente, gritó una sola palabra, alta y clara: ¡BASTA! La máquina chisporroteó. Saltaron destellos del nodo central. Se abrieron grietas como telarañas en los tanques de contención. La electricidad formó un arco desde el panel de control y Cuervo se tambaleó. De pronto, la energía de los tubos se invirtió. Las ondas de color azul empezaron a fluir de nuevo hacia el psiónico. La primera ráfaga de energía lo golpeó mientras tiraba de los cables que lo conectaban a la silla. Su cuerpo se contrajo de dolor. Una ola de energía tras otra golpearon la base del cráneo del psiónico. Sus músculos sobresalían mientras intentaba desconectar los cables, aferrándose con desesperación y con una mueca de terror en el rostro. Los pulsos vibraban cada vez más deprisa y el psiónico empezó a gritar, emitiendo un ruido débil pero agudo. Se golpeó a sí mismo en la cabeza con una de sus largas manos y extendió la otra hacia Cuervo. Cuervo retrocedió cuando otra onda de energía golpeó al psiónico, quemando su retina y reduciendo su ojo a una esfera negra y pegajosa. Cuervo retrocedió horrorizado, tenía la mente perforada por un dolor inimaginable y se desplomó sobre el suelo. La máquina gruñó, echaba humo y los tanques de contención hervían mientras los cuerpos de la colmena que había en el interior bailaban grotescamente en el fluido turbio. Las sirenas comenzaron a sonar con más fuerza que aquel prolongado grito. Algo se quebró dentro de la máquina y se estremeció hasta detenerse. Y, finalmente, todo quedó en silencio.