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CAPÍTULO 4: SOLDADOS

Caiatl detestaba el ritmo pausado de la corte. Despreciaba las florituras en las voces de los cortesanos y generales que competían por atención y recursos. Gestionar sus tediosas peticiones era como sacar palos de raspado del fondo de una ciénaga. Pero, un día, un general acudió a ella con una contundente queja. "El hedor de las salas de Umun'arath impregna toda el ala este del palacio. Mis amantes se ahogan en los humos tóxicos que inundan los pasillos". Sorprendida de no haberse enterado antes, Caiatl le ordenó retirarse con la promesa de investigar las estancias de la evocadora general. Ese mismo día, descubrió que la primera de las habitaciones de Umun, normalmente ordenada con una precisión militar, había cambiado. Sus dos mesas de guerra estaban cubiertas de papeles y tomos irreconocibles para Caiatl. La habitación apestaba a muerte y a veneno. Había extraños símbolos dibujados en el suelo con ceniza. En la esquina más alejada de la estancia y atado con las cadenas que se usaban en las naves presidio, había un lacayo de la colmena, vivo, suspendido en el aire, babeando y murmurando. "Umun", dijo Caiatl, sorprendida. "¿Qué pasa aquí?". Umun se apartó de una de las mesas de guerra en la que estudiaba un libro que parecía encuadernado con jirones de carne. "Princesa", dijo, complacida. "Bien. Iba a llamarte, pero he estado muy ocupada. Ven a ver el futuro del ejército cabal". Caiatl se acercó, con la intención de mirar a Umun y no al lacayo. "No temen al dolor," dijo Umun. Su voz mostraba una perversa admiración. "No temen a la muerte". "Los soldados que no conocen el dolor o el miedo son inútiles", dijo Caiatl mientras observaba a la evocadora general. "Es la certeza de la muerte y la voluntad de desafiarla lo que engendra valentía. Me lo enseñaste tú". "Debemos ir más allá", murmuró Umun. El lacayo inclinó su grotesco rostro en señal de respuesta a sus voces. "Con cada arremetida de la espada, el universo se hace más pequeño, Caiatl. Y la competencia, más feroz. Si no descubrimos un nuevo camino, quedaremos reducidos a la nada, como los demás". Bajó la voz. "Debemos aceptar nuevos dioses, o morir". De repente, el lacayo empezó a sacudirse violentamente. Caiatl observaba. "Te ordeno que te retires del consejo", dijo tras una larga pausa.