CAPÍTULO 3: ASESINA
Caiatl sintió los ojos de la asesina en su espalda, antes de escuchar sus palabras.
"Tu padre te envía recuerdos", espetó.
Se giró lentamente, sin alterarse. La intrusa no era cabal. Llevaba un elegante traje blindado y era de una especie de otro mundo, pues no se adaptaba bien a la atmósfera. Pero la influencia de su padre era evidente; llevaba los colores blanco, púrpura y dorado.
"Que se los quede", dijo Caiatl. La asesina la apuntaba con un arma que brillaba con una luz púrpura que distorsionaba el aire que la rodeaba.
"Te envía un mensaje".
Caiatl arremetió con su hombro contra la asesina. Disparó el arma, y un fogonazo de energía de vacío quemó el brazo de Caiatl. Sin dudarlo, golpeó a la asesina contra el suelo, agarrándola por la garganta con una mano y formando un puño con la otra. Llevó el brazo hacia atrás, para coger impulso. Vio su propio reflejo en el casco de la asesina, que le devolvió la mirada. Furiosa, sin parpadear. Con curiosidad.
"Adelante", gruñó Caiatl apretando el puño. "¿Cuál es el mensaje?".
La asesina forcejeó. "Eres una niña disfrazada de general", escupió. "No tienes la visión de tu padre ni la fuerza de aquel al que llaman Dominus". Un objeto afilado se clavó en el traje presurizado de Caiatl y presionó contra sus costillas. "Nadie te recordará".
Con impulso, Caiatl rodó para esquivar el cuchillo. La asesina la siguió y colocó el arma de vacío contra su cabeza.
Caiatl golpeó con la mano el cañón. Un disparo de energía atravesó su palma mientras le arrancaba el arma. Agarró el casco de la asesina con los dedos ensangrentados y le golpeó la cabeza contra el suelo. Una, dos, tres veces.
El escudo empezó a romperse.
Cuatro, cinco, seis veces.
Dejó que el casco golpeara el suelo. Su reflejo retorcido ahora le devolvía la mirada.
"¿Nos está oyendo?", espetó Caiatl. "¿Mi padre? Dile que iré a por él. Dile que, por mucho que se esconda, no podrá librarse de mí".
La asesina jadeó y resolló. Al recuperarse, contestó: "Matarme no impedirá el final que te espera. Mis dioses han vaticinado…".
Caiatl dudó unos instantes para luego golpear el visor de la asesina con el puño, destrozando así tanto su reflejo como el cráneo de su enemiga.
Se sentó entre los restos, jadeando, cubierta de una sangre viscosa.
"Tus dioses han muerto", dijo al aire.