Flegetonte I
Dejad que os contemos una historia. Hace mucho tiempo, al aventurarnos en el cosmos, conocimos a otra especie que padecía la muerte y la enfermedad a la que le ofrecimos ayuda mediante nuestras habilidades. En aquella época, pensábamos que debíamos ser tan generosos con nuestros dones como el Jardinero lo había sido con nosotros; más que eso, no tolerábamos el sufrimiento innecesario de los demás.
Nuestras herramientas no eran como las vuestras. Lo que vosotros llamáis medicina en nuestro recuerdo es pura brutalidad. Un conjunto de prácticas que nuestros avances en todos los campos habían vuelto obsoletas hace mucho tiempo, pero necesarias antes para sanar. Podríamos haber ayudado; queríamos ayudar.
Nos rechazaron. Si solo hubiera sido una vez, lo habríamos achacado a una aberración, a una imperfección en el tejido del universo.
Pero volvió a pasar, y después otra vez. Por cada especie que, sabiamente, aceptaba nuestra ayuda, había otras diez que nos rechazaban. Quizá podáis entender lo que se siente al querer ayudar, a sabiendas de que sois capaces de ello, y recibir un no por respuesta. Cuando dicen que os tienen miedo, que no confían en vosotros, que os envidian y que prefieren apropiarse de vuestros dones; que debéis ayudarlos a ellos, pero no a sus enemigos; que preferirían soportar un mundo de sufrimiento, conflicto y dolor para ellos mismos y los suyos, pese a que vosotros sabéis que es evitable y que podéis arreglarlo si os DEJARAN AYUDAR…
Puede que ahora lo consideremos una barbarie, pero, cuando un hueso se suelda de forma incorrecta, hay que romperlo de nuevo para que se cure. Y esto, además de a los cuerpos, se aplica al universo; el icor de la Luz del Jardinero se ha propagado sin control demasiado tiempo.
No debéis tener miedo. La creación de la Forma Final no dolerá en absoluto.
Y todos os sentiréis mejor.