Estigia II
Vivir de esta manera es tan extraño. Formar parte de nuestro Testigo, aunque separados. Pero no todo es malo; antes era cronista, y he tenido muchísimo tiempo para recordar.
Nunca nos habíamos replegado tanto. Jamás habíamos fracasado tan estrepitosamente, obstaculizados en todos los frentes por un adversario que no cedía ni un centímetro. El enemigo entendía, quizá mejor que cualquier otro antes o después, lo que estaba en juego. Juraron arrasar con todo. Sabían que, si sobrevivíamos nosotros, ellos no lo harían.
Nos persiguieron hasta un lugar donde todos flotábamos a la deriva en un mar de recuerdos. (Espero que podáis disculpar las metáforas imprecisas; es difícil de describir con tan poca sustancia, pero dársela es arrebatarle su propia esencia). Digamos que, para nosotros, ese sitio es como el mundo trono para la colmena. Nunca nos habíamos enfrentado a un adversario capaz de seguirnos tan lejos.
Allí, con nuestra esperanza pendiendo de un hilo, lamentamos nuestro fracaso. Enfurecimos contra el desorden del universo. Maldijimos la gran injusticia hiriente que impregnaba toda la existencia y que tanto ansiábamos corregir. Lloramos por nuestros sacrificios.
Y nuestro adversario, nuestro amable, valiente y estúpido adversario, se detuvo para ofrecernos la paz. Otra manera. Una elección.
Gracias a ello sobrevivimos; ellos no. Pero, en ese instante, me di cuenta de una terrible verdad (más terrible incluso que el hecho de que yo pudiera pensar en mí de forma individual).
Cuando nos uniéramos para crear a nuestro Testigo, el acuerdo sería absoluto. No tendríamos miedo, debilidad ni duda. Nos consagraríamos por completo a nuestro propósito; dejaríamos de lado lo demás.
Por encima de toda la necedad del universo está nuestro Testigo, apoteosis de nuestra arrogancia. Si existe la Forma Final, debe esculpirla nuestra mano. No aceptaremos otras respuestas a nuestra pregunta. Nunca encontraremos otro camino. No podemos ser nada diferente a lo que somos, hasta que solo quedemos nosotros.
Pero ese tiempo aún no ha llegado, puesto que aún os interponéis en nuestro camino. Vosotros, con un futuro de miles de caminos inexplorados. Vosotros, con un futuro de esperanzas que nuestro Testigo sería incapaz de imaginar, y que yo nunca veré. Yo, nosotros, todos nosotros, ya estamos muertos en todos los aspectos.
Pequeñas luces, os cuento todo esto para que, cuando llegue el momento, no titubeéis.