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4. Guerra

Si no me hubiera dado el bálsamo, no sé si habría sido capaz de distinguir algo. No obstante, al principio no entendí lo que estaba viendo: de repente surgió una figura oscura atrapada entre los límites de la realidad que usaba sus garras para posibilitar su existencia. Cuando bramó, sentí la vibración del sonido en mi propio caparazón. Algo chocó contra mi hombro. Kiiraskes me empujó para quitarme de en medio. "¡Irrha, los bálsamos!". Me arrastré hasta los suministros. De fondo, oía los restallidos propios de la energía de arco y, cuando me giré, vi a Kiiraskes sacar una pequeña vara del forro de su manto que, en sus manos, se transformó en una fina lanza que crepitaba, y la arrojó al oscuro corazón de esa cosa que estaba suspendida en la grieta. Tras impactar, el aire se llenó de un extraño y desagradable hedor a éter podrido y tierra húmeda. La criatura se sacudió y cayó al suelo moviendo las garras. Su forma cambió. La vi levantarse sobre seis pesadas extremidades, y su cabeza deforme se giró hacia mí. En ese instante, un frasco se rompió contra la bestia y un vapor sibilante la envolvió. Mientras gritaba, logré fijarme en sus fauces puntiagudas. "¡El comepiedras!", gritó Kiiraskes. Desenvainó su espada del cinturón y arañó algo sobre la superficie de la hoja. Vi Luz brotar en la zona de contacto, y luego arremetió contra el monstruo. Abrí la mochila, pero el miedo me impedía leer bien los símbolos de las botellas o pensar en sus efectos. Solo pude quedarme mirando confusamente los bálsamos que, tan solo una hora antes, le había descrito con gran acierto a Kiiraskes, y me di cuenta de que aún era una cría. Había estudiado el trabajo de los asesinos como si fuera una leyenda, y eso era justamente lo que esperaba. Solo quería escapar. En ese momento, oí gritar a Kiiraskes. Pensé en mis enseñanzas dirigidas a convertirme en sanador de una de las grandes Casas. Rebusqué en la mochila y lo encontré: el frasco de comepiedras. Lo saqué y lo lancé tan fuerte como pude hacia la cabeza de la bestia. Pero la puntería me traicionó. El frasco golpeó al monstruo en la pata y enseguida empezó a devorarle la carne. Lo vi moverse torpemente y girarse. No profirió ningún grito de dolor cuando el frasco lo golpeó, pero ahora me miraba y bramaba de forma atronadora, y sus rugidos propagaron un frío que jamás había sentido antes. Me picaban la garganta y los ojos. Me cubrí la cara con los brazos y salté a ciegas hacia los árboles para escapar. Cuando miré hacia atrás, comprobé que la Luz se había extinguido entre los matorrales dejando un creciente vacío en el que yo también podía caer. Vi al monstruo encabritarse antes de embestir. Luego me cegó un destello: Kiiraskes le rebanó el pescuezo al monstruo con su espada. Vi sus enormes fauces abalanzarse sobre ella, y la oí gritar. La bestia la tenía atrapada entre sus mandíbulas, pero ella intentaba zafarse con dos manos. La tercera se aferraba fuertemente a su espada, clavada en el cuello de aquella cosa; en la cuarta distinguí los destellos propios del cristal. Le arrojó el frasco a la criatura dentro de la garganta, pero, durante un buen rato, nada pareció cambiar. Luego la criatura comenzó a estremecerse, y sus huesos se iluminaron desde dentro con un pálido fuego [1]. Sus fauces se cerraron una vez alrededor de Kiiraskes, y volvieron a abrirse para gritar. La baronesa tiró de la espada y escuché nuevos gritos terribles y ahogados conforme el fuego se extendía. La bestia se retorció y cayó. Kiiraskes también se desplomó. [1: Creo que fue el tenar o "ira", probablemente la ira de la Luz.]