3. Luz
En aquel momento, parecía sensato perseguir a la criatura por la noche, cuando probablemente saldría a cazar. Kiiraskes logró distraerme del miedo que sentía interrogándome brevemente sobre las propiedades del tenar, el brossk y el liisok [1]: cuáles podían usarse como bálsamos purgantes y cuáles eran capaces de quemar la quitina y la piedra.
Al rato, exclamó: "Dijiste que habías estudiado. ¿De registros?".
"Sí, baronesa". No quedaban boticarios asesinos de quienes aprender el oficio, y, aunque hubiera sobrevivido alguno, jamás habría visitado los modestos cuadrantes de la pequeña ciudad donde me crie.
Kiiraskes detuvo su ardua marcha. Esta vez nos habíamos repartido las provisiones, y me dio un frasco. "Bébelo".
Obedecí con presteza mientras detectaba el aroma de raíz solar en el brebaje. Era el primer bálsamo de asesino que probaba, y pensaba que me otorgaría más fuerza o que me haría crecer como si hubiera mudado mi caparazón cinco veces ya.
El sabor era repugnante. Me di cuenta de lo poco que había comido desde que llegamos.
"Ven", dijo Kiiraskes. "Creo que estoy oliendo a uno de los guardias de Haaksis".
Yo solo podía oler a Kiiraskes. La seguí mientras cruzaba ágilmente uno de los canales hasta el margoso y rico terreno que delimitaba la parte más silvestre de la propiedad de Haaksis.
Fue en ese momento cuando empecé a notar los efectos del bálsamo. Vi Luz, una pequeña luminiscencia en los límites de mi visión. Cuando me giré para observarla, flotó hasta el suelo y, cuando aterrizó, observé más motas que se unían sobre la maleza en forma de nubes de polvo. Arriba, divisaba el flujo de éter como si fuera un río celestial. Dejé las bolsas en el suelo, me miré las manos y vi un brillo debajo de mi caparazón, como si el bálsamo me estuviera iluminando de dentro afuera.
Pero no solo a mí. Cuando miré a Kiiraskes, también vi Luz. El aire que entraba y salía de sus espiráculos, la niebla de éter que exhalaba, el resplandor ferviente de sus ojos.
Estaba quieta, observándome, hasta que por fin habló.
"Hay Luz en todas las cosas. No podemos controlarla, pero sí atraerla hacia nosotros". Dijo con satisfacción. "Como un avaricioso pellauk".
Tenía la mente en otra parte, y la interrupción fue como una bofetada. "¡La Gran Máquina no es ningún animal de rebaño que olisquea una fruta yka!". Olvidé que era su aprendiz, y que estaba a su merced.
Kiiraskes rio. "¿No te gusta la fruta yka?".
Aparté la mirada con evidente enfado y me concentré en el cielo. En una noche así de despejada, era posible ver la Gran Máquina flotando en la atmósfera superior de Riis. Bajo los efectos del bálsamo, vi su estela de Luz —la vida, pensé con vértigo—, como un cometa.
La Gran Máquina había terraformado las lunas de Riis en cuatro parpadeos, y luego inundó Riis de éter. Fue una época de abundancia durante la cual ninguna cría moría de hambre ni tenía problemas de desarrollo; o una época de excesos, como diría luego la Casa del Juicio. Fue una época sin jerarquías, sin un fin. Nuestro pueblo debía cambiar, adaptarse.
En esta nueva era, se referían a mí como "drekh": alguien inútil, sin casa.
"Bueno, concentrémonos en el cuerpo", dijo Kiiraskes.
La figura mutilada a nuestros pies, poco más que un revoltijo de extremidades, era elixni, o lo había sido. Si no fuera por el manto desgarrado que llevaba, jamás habría dicho que era el cuerpo de uno de los guardias de Haaksis.
Y lo peor era que estaba vacío. Todos los seres vivos que había alrededor del cuerpo brillaban bajo los efectos de la Gran Máquina. No conocía a este extraño [2], pero su muerte había dejado un vacío en el mundo que ahora el bálsamo me permitía ver. Menos mal que no había comido nada.
Kiiraskes se agachó junto al cuerpo y empezó a tocarlo y a mover sus extremidades para examinarlo. Yo, incapaz de moverme, no sabía si aquello me parecía bien, pero tenía demasiado miedo como para quejarme. La vegetación no era demasiado frondosa en aquella parte, y eso nos hacía vulnerables, aunque, como señaló Kiiraskes, también a las demás criaturas.
"¿Fue un animal?", pregunté. Sabía que había depredadores en esta zona, aunque, salvo en circunstancias extremas, nada que fuera a atacar Kiiraskes.
Me indicó que me agachara a su lado. "Mira", dijo. Cuando me puse a su lado, preguntó: "¿Qué es lo que no ves?".
"Luz", dije, y volví a sentir una pena repentina.
Kiiraskes me dio una colleja. "Mira abajo".
Un cúmulo de luces, pequeñas larvas congregándose en las huellas que había dejado alrededor del cuerpo. Sin pensar, me quité una de la pierna, y luego me di cuenta…
"Evitan el cuerpo", dije.
Kiiraskes gruñó complacida. "Toca aquí. Dime qué sientes".
Cuando toqué el caparazón del guardia, sentí algo húmedo bajo las garras. Me di cuenta de que la bestia había lo había partido por el centro, y tuve miedo de que jamás pudiera volver a comer nada. Y luego, de repente, sentí como si hubiera metido la mano en un estanque de agua fría.
Sentí rabia, una furia intensa y desconocida que no tenía nada que ver con mi propio asco ni con mi miedo. Y, debajo de esta…, sentí arrepentimiento [3]. ¿Era capaz un animal de sentir remordimientos?
"¿Lo sientes? No podemos ver este mal [4], pero está ahí", señaló Kiiraskes. "Ven. La Casa del Juicio se equivocaba. Voy a llevarte de vuelta al barco; si vamos rápido, no tendrá tiempo de seguirnos".
Pero el monstruo no nos acechó por el bosque.
Emergió súbitamente de una masa nebulosa de sombras.
[1: Como referencia, creo que el brossk es la sustancia purgante. "Liisok" podría traducirse como "destructor de rocas", o tal vez "comepiedras".]
[2: Técnicamente, el arcaísmo usado aquí significa "elixni que no pertenece a tu Casa".]
[3: Esta palabra no es la más adecuada, pero no conozco ninguna mejor. ¿Culpa por algo que aún no ha ocurrido? La aceptación voluntaria de una responsabilidad que no es tuya. Variks no ha sido muy comunicativo.]
[4: Creo que ahora llamaríamos a esto "Oscuridad".]