VII. La última vez que nos separamos
Benarés, donde nací; Zúrich, donde nos conocimos; Tafilalet, mi primer empleo en un laboratorio después de doctorarnos; y la desembocadura del Muluya, donde me gritaste al oído con una alegría incomprensible al ver una gaviota de Audouin. Alcântara, donde pasamos semanas en un hospital para descontaminarnos antes de que nos permitieran volar a la Academia tras regresar del Sumidero de Ishtar. Nos pasamos años bromeando sobre el café tan asqueroso y las tarrinas de pudin que servían.
La Tierra nos resultaba extraña después de las ciénagas de Venus: sorprendentemente inofensiva. Tan solo nosotras conocíamos la sensación de tener el control de nuestras vidas para luego soltarlo. Nada nos hacía daño en la Tierra, salvo poner la mano sobre una estufa caliente —a diferencia de cuando nos alejábamos demasiado sin un respirador, corríamos riesgos en el laboratorio o cometimos la imprudencia de hacernos ciudadanas del Imperio norteamericano—. Tardamos tiempo en recordar cómo ser humanas entre humanos.
Siguieron décadas de trabajo, a veces separadas, a veces juntas. Luego te destinaron a Hiperión y a mí, a Lhasa: dos montañas solitarias a casi mil quinientos millones de kilómetros de distancia.
Lhasa, donde me senté a mirar el futuro y aprendí a temer lo que vi.
Ahora el pueblo tiene un aspecto descuidado, lleno de matorrales que bajan desde las montañas. Las fachadas están desconchadas y se respira un aire polvoriento.
A la antigua Maya le costaba caminar por los senderos elevados. Aire enrarecido, laderas empinadas, piernas cortas. Se lo tomaba como un reto las escasas veces que recordaba que existía un mundo fuera del laboratorio.
A mí no me cuesta nada. Mi cuerpo es perfecto. El sistema hidráulico de las rodillas artificiales me eleva paso a paso, sin esfuerzo, en silencio. Corono las cimas con la misma facilidad con la que atravieso un portal vex.
En mis tiempos, los laboratorios estaban en un repecho alejado del centro. Diseños antiguos, materiales nuevos. Aleaciones de alta resistencia, pigmentos resistentes a la luz. Hormigón armado bajo las capas autonivelantes del suelo, sin necesidad de cobre en los cimientos.
Ahora, el suelo está cubierto de cristales rotos y hojarasca, y no queda instrumental alguno. Se han llevado los despojos a la última ciudad habitada de la Tierra. Han levantado el proyecto de Lakshmi sobre las ruinas de mi obra.
Mi pequeña alter ego era un completo desastre. No tenía sentido de la proporción. Cuando encuentre a mi Chioma, nos reiremos. Le diré: "Oye, tú tienes ciento veintisiete copias defectuosas, a mí me acosan doscientas veintiocho. ¡Alcanzarás la unidad antes que yo! Siempre he sabido que eras casi perfecta".
El tiempo ha arruinado este valle: el tiempo y la mala gestión. Parece falso, por más que no se trate de una simulación.
Mi corazón, mi felicidad, mi vida: todo está recluido en otra época. Podría recuperarlo si hago un intercambio.
Una edad por otra. Plomo por oro: el sueño frustrado de todo alquimista.
Me encamino hacia una ventana. Hay cristales rotos en el suelo, pero no me cortan. Ya no, pues soy perfecta.
El viento seco me golpea el rostro y el polvo que trae consigo me zarandea la ropa y resbala por mi piel de metal y cerámica. Este cuerpo mío no llora, Chioma. He perdido esa debilidad y apenas la echo de menos.
El viento no huele igual que cuando te escribía, amor mío.
Pero olerá.