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-ESTESIA

La hermana de Safiyah la recibe en la entrada del pueblo con una mirada incrédula. "Amani", dice Safiyah estoica. Tras un momento de silencio, las hermanas se abrazan. Le da la bienvenida. Luego Amani mira a Zavala y a Hakim. Se limita a arquear una ceja. Los días pasan. "Creo que no le caigo bien", susurra Zavala por encima de Hakim que duerme en una cuna improvisada en casa de Amani. "Estoy seguro", dice Targe, que aparece. "¿Por qué lo dices?", pregunta Safiyah. "Porque nos ha dicho 'no me caéis bien'", contesta Targe. "Nos lo ha dicho a los dos". Safiyah frunce el ceño. "Hakim le cae bien". Eso tendrá que bastar. El pueblo de su hermana es pequeño, pero está fortificado con un muro de estacas de madera junto a las casas. Cultivan verduras y centeno amargo y tienen ganado en el granero. Safiyah y Zavala se hacen allí un hogar. Pasan los años. Hakim crece más. Zavala lo lleva de la mano mientras el niño camina con pies pequeños e inseguros. Clac, clac. Sentada en su silla favorita, Safiyah teje algo que se parece a una cosa de la que tuvo que desprenderse hace tiempo. Por la ventana, ve a Zavala y a su hijo jugando con espadas de madera en el campo detrás de su casa. Es solo un juego. Su hijo tiene nueve años. Safiyah oye el choque de sus espadas de madera en el aire del otoño. Vuelve a concentrarse en su madeja. Clac, clac. Su hijo tiene doce años. Zavala corrige la postura de Hakim, le levanta los brazos y le endereza los hombros. El niño apenas le llega a los codos a su padre. Targe revolotea alrededor de ellos. El hilo se escurre entre sus dedos mientras lo pasa de una aguja a otra. Clac, clac. Su hijo tiene quince años. La manga del suéter en la que trabaja se alarga. Es verano, pero teje para los meses fríos que están por venir. Su hermana se sienta a su lado mientras limpia un fusil y cuenta las balas. "Hace tiempo que no cae una redada", dice Amani, como si hablara de la escasa producción de una cosecha, el mal tiempo o un ternero que ha nacido muerto: una simple dificultad, inevitable. Las balas repican en su regazo. Safiyah desdobla el jersey de lana sobre sus rodillas. "¿Es para Hakim?", pregunta Amani. Safiyah asiente. "Le quedan pequeños cada dos meses. También necesita pantalones nuevos. Ya puedo se le ven los tobillos". El último "clac" de las espadas resuena y ella levanta la vista. Safiyah ve el destello de una hoja de metal en la mano de Hakim. Tira al suelo el jersey y corre hacia ellos. Cuando llega, el cuchillo está en la garganta de Zavala. "¿Qué hacéis?". Más que una pregunta, es una advertencia. Zavala retrocede y señala el cuchillo que sostiene Hakim. "Le estoy enseñando a defenderse". Safiyah se acerca a su hijo y abraza a Hakim. Le besa la cabeza y le susurra suavemente entre los rizos de su cabello. Pero él la empuja, retrocede y la mira desafiante. "Soy capaz de hacerlo", dice. "¡Es un entrenamiento!". Safiyah mira a Zavala y niega con desaprobación. "Tiene que estar preparado para matar". Habla con tranquilidad, como si no le acabara de pedir a su hijo que le rajara el cuello. "Es solo un niño", protesta ella. Hakim resopla, frunce el ceño y se dispone a hablar. Zavala le toca el hombro. "¿Tú crees que eso les importa a los caídos?". Su voz tiene un tono oscuro. Safiyah le quita el cuchillo a su hijo y lo sostiene por el filo. Una hoja para lastimar, no para curar. Sabe que Zavala tiene razón y lo odia. *** Esa noche, la hermana de Safiyah se queda con ella, hablando a la luz de las velas. "Ya han pasado años". Amani chasquea la lengua. "Él nunca verá las cosas como nosotros. No puede". "No opino igual". "Ya sé que no". Amani se ríe, pero Safiyah queda en silencio, con el ceño fruncido. Él tendrá que entender. Su hermana suspira. "Te quiere mucho". Safiyah asiente. "Y a Hakim". Asiente de nuevo. "Entonces, quizá eso sea suficiente". Cuando vuelve a casa, Safiyah encuentra a Zavala mirando a Hakim mientras duerme. Zavala se levanta, acomoda la manta para arropar mejor a Hakim y le acaricia una mejilla. Entonces, Safiyah se da cuenta de que, en los años largos y poco envidiables de los renacidos, ellos nunca fueron niños. Ella se acerca a Zavala y él la abraza, una forma silenciosa de pedir perdón. "Deja que sea un niño un poco más", le susurra. "Extrañarás estos días cuando se hayan terminado".