-ALGIA
Safiyah oye unos disparos. Pum, pum, pum, como pájaros picoteando. Pero demasiado rápido. Demasiado agudo. Zavala se pone en pie de golpe.
"¡Los caídos!". Llega un grito de terror desde fuera. La Casa de los Demonios. Zavala sale por la puerta, antes de que Safiyah pueda decir nada. Ella recoge su material médico.
Los disparos se hacen más fuertes, más rápidos. Hay gritos de dolor, de agonía.
Hakim tiene diecisiete años.
"Quédate aquí", suplica. "Mantente a salvo".
"Puedo luchar", replica el niño. Ahora ya es más alto que ella.
"Por favor", le ruega ella. A regañadientes, Hakim asiente. Safiyah lo abraza por un momento, intenta calmar su propio miedo y, luego, sigue a su marido hacia la lucha.
Los caídos trepan por las puertas del pueblo, desorganizados y dirigidos por un capitán violento y sediento de sangre. Los amigos y vecinos que Zavala ha entrenado levantan sus armas y se mantienen firmes mientras los rodean. Safiyah ve a su marido liderar la defensa. Gritando órdenes sobre disparos y profiere alaridos.
Un granjero con un arma cae por el impacto de una bala en el muslo; Safiyah se acerca con torniquetes y vendajes para ayudarlo. Se mantiene agachada, y se acerca a los heridos mientras los demás repelen a los caídos.
Una voz que ella conoce bien, aunque ahogada por el terror, cruza a través de la batalla. Safiyah se gira y ve a Hakim esquivar una embestida de la lanza de arco del capitán caído. El golpe lo desestabiliza. Safiyah grita su nombre. Hakim retrocede, con los ojos muy abiertos.
El capitán alza una lanza y perfora el cuerpo de su hijo.
De pronto, Zavala aparece, derriba al caído con dos disparos, lo remata con otro. Safiyah corre hacia Hakim y se arrodilla junto a él.
El dorso de las manos se le empapa de rojo, ella presiona fuertemente la herida que tiene los bordes chamuscados por la energía de arco. La sangre brota por la boca de Hakim que intenta hablar. Suelta el arma, una guadaña para segar el centeno, y sus ojos se apagan.
El olor de la muerte de su hijo penetra en lo más profundo de sus pulmones.
No oye los pasos de Zavala. No oye nada. Su palma ensangrentada en la mejilla de su hijo limpia las lágrimas frías que le quedan en los ojos desenfocados.
Su aliento flaquea. Lentamente, retira la otra mano de la herida de Hakim y lo abraza. Siente el cuerpo de su hijo contra el pecho, su peso en los brazos. Recuerda cuando había crecido tanto que ya no podía cogerlo como antes.
"Safi", oye por fin.
Se gira y mira a Zavala. Su silueta se recorta en el sol naciente, las nuevas abolladuras y grietas de su armadura relucen. Se acerca a ella, con el rostro horrorizado. Se pregunta si él también había muerto. Ella mira a Hakim de nuevo. No hay Espectro para su hijo.
Zavala se arrodilla junto a ella. Temblando, levanta el cuerpo de Hakim en sus brazos y lo lleva a casa.