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IV. Amarre

Los ojos de Eris deambulaban por el interior del Desahucio mientras se preguntaba si el Nómada lo había ordenado a toda prisa antes de que llegara. Sería inaudito, pero aún era capaz de sorprenderla. Ambos se sentaron juntos, como siempre hacían cuando venía a hablar con él cara a cara. El Nómada suspiró y sacudió la cabeza mientras movía distraídamente la moneda que tenía entre los dedos. "Sloane está mal", dijo él. Eris asintió. "Y tú crees que hablar con ella será de ayuda", contestó ella. El Nómada se encogió de hombros. "Has ayudado a más de uno así, ¿no?". Eris lo sopesó. "Deberías hacerlo tú", respondió al fin. Al Nómada se le escapó una carcajada, pero se contuvo cuando la expresión de Eris no cambió. "¿Yo?". Estaba confundido. "¿Por qué iba a confiar en mí?". "La confianza se construye, Nómada", le explicó Eris. "Y tú has dado el primer paso". Él se mostraba pensativo y dejó de mover la moneda entre los dedos. Ella continuó hablando. "En mi opinión", afirmó midiendo sus palabras, "la honestidad arraiga. No solo en ti, sino también en los demás". El Nómada exhaló despacio y con pesadez. "No sé si puedo", respondió con voz dubitativa. "Sí. La honestidad es como una súplica", señaló Eris. "Pedimos que nos vean. Nos hacen vulnerables…, pero necesitamos que nos traten con tacto". La respuesta del Nómada fue una de sus roncas carcajadas. Luego se inclinó hacia atrás con los brazos cruzados. Tenía la moneda apretada entre el pulgar y el índice. "Siempre haces que las cosas más fáciles suenen difíciles, Claro de Luna", contestó. Eris lo ignoró. "Dile lo que me has dicho a mí", simplificó. "Solo podrás ganarte la confianza de la subcomandante con reciprocidad". El Nómada guardó silencio y miró hacia abajo. Eris podía oír su respiración y percibía el cansancio en sus dedos mientras sujetaba la moneda. Ella extendió la mano y la puso sobre su brazo. Estaba tenso, incluso algo tembloroso, pero el roce fue reconfortante. Tranquilizador. Él puso su mano encima de la de ella. "¿Sabes? Algunos días aún me despierto asustado", dijo con delicadeza el Nómada. "Incluso aunque no recuerde qué he soñado". "Es lo que tiene sobrevivir". La voz de Eris adquirió un cariz dulce. Él asintió y la miró a los ojos. "Oye", dijo el Nómada. "¿Ya has encontrado esa felicidad que buscabas?". "Pronto", respondió Eris. "La felicidad se construye…, pero he dado el primer paso". El Nómada levantó la mano y, tras un instante, ella hizo lo mismo. Eris se levantó mientras el Nómada la seguía con los ojos. "Piénsatelo, Germaine". Ella sabía que lo haría. El Nómada alargó la pausa. "Ese no es mi nombre", dijo al fin. "A los demás les dejas que te llamen así". Era un pequeño vínculo con su pasado. Un vínculo con una vida que él había escogido para sí mismo. Asintió lentamente mientras mantenía la mirada. ¿Cómo no iba a dejar que ella también lo llamara así?