La historia del comerciante de huesos
Siguieron el rastro del Ahamkara hasta un puesto destartalado. La vegetación era tan espesa que tuvieron que abandonar sus colibríes y seguir a pie.
Era territorio de la Casa del Invierno, y las precauciones que debían tomar hacían que fueran a paso de tortuga. Corneja podía ver la creciente frustración de Von Deuven en la línea rígida que dibujaba la armadura que cubría sus hombros, pero ninguno de ellos estaba dispuesto a arriesgar a sus Espectros el tiempo suficiente para escanear la zona por completo.
El Ahamkara los esperaba en el centro de unas ruinas circulares cubiertas de musgo, como si los hubiera convocado a una reunión. Era más pequeño de lo que Corneja esperaba, apenas alcanzaba el tamaño de una hipernave. La criatura permanecía inmóvil, con la columna curvada de forma teatral y las mandíbulas abiertas. Era como si estuviera sonriendo. Como si fuera un cómico ejemplar preservado salido del despacho de un hechicero en lugar de un ser vivo.
Corneja abrió la boca para preguntar si eso era normal. Entonces Von Deuven levantó su fusil y disparó con agilidad. Lo hizo tan de repente que Corneja dio un respingo.
El Ahamkara cayó al suelo.
Sus bucles serpenteantes se enrollaron por la agonía. La gran bestia se desplomó sobre sí misma en la tierra mientras mantenía esa sonrisa llena de dientes y los ojos le brillaban.
Al final, Von Deuven dio unas zancadas con su espada y le cortó la cabeza a la criatura como si nada. La carne del Ahamkara empezó a deshilacharse y deformarse, como si siempre hubiera sido una sustancia efímera. En menos de un minuto, no quedaron más que los huesos.
Corneja dejó una mano sobre el cañón por temor a que la criatura volviera a ponerse de pie para luchar. Pero el siseo chisporroteante siguió disminuyendo y los huesos no se movieron.
"No ha sido una cacería muy productiva", dijo Corneja rompiendo el silencio. Era más que habitual que los portaluces de la Ciudad tuvieran alguna historia sobre la caza de un dragón, ya fuera cierta o no. Ninguna de ellas se parecía a esta.
Von Deuven se arrodilló frente al cráneo. "Invéntate algo".
Corneja lo miró perpleja hasta que el titán sacó su espada, le dio la vuelta en sus manos y la usó para extraer unos pocos dientes. "Pensaba que los dragones de los deseos eran poderosos".
"¿Y si los caídos pudieran desear nuestra extinción?", dijo Von Deuven mientras giraba uno de los colmillos más pequeños entre los dedos. "Ese es el tipo de poder del que estamos hablando".
Corneja echó un vistazo a las ruinas que los rodeaban. "Me pregunto por qué ninguno de los nuestros lo ha intentado todavía".
Von Deuven se encogió de hombros. "A lo mejor no lo hicieron bien. A lo mejor el mundo en el que ganamos es demasiado diferente a este y nos han abandonado".
La idea incomodó a Corneja. Muchos de los aspirantes a cazadores de dragones habían desaparecido, como si nunca hubieran existido. Pensó en los portaluces esparcidos por cientos de reflejos del mismo claro, cientos de deseos imposibles. Los Ahamkara eran cada vez menos. ¿Y si la única oportunidad de la humanidad de salvarse de un mundo condenado fuera irse con ellos?
"Deberíamos… llevarles algunos huesos a los hechiceros", dijo Corneja.
Von Deuven se rio. Guardó los dientes en uno de los compartimentos de su cartuchera. "Ayúdame a recoger el resto".