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Dogmas de la hipótesis

Nosotros, descendientes de AIÓN, declaramos lo siguiente: Que, para experimentar de forma sensata y fructífera, necesitamos una hipótesis; que la experimentación sin un fin no nos aporta conocimiento y malgasta materiales valiosos; que el hecho de probar o refutar hipótesis a la antigua usanza es el mejor método para canalizar nuestros esfuerzos; Que probar la misma hipótesis numerosas veces para corroborar la validez de los resultados sí tiene valor; que experimentar con la misma hipótesis mediante distintos métodos confiere tanto conocimiento como repetir el mismo experimento dos veces; que en la repetición radica la clave del aprendizaje; Que debemos tratar de demostrar las hipótesis de forma asertiva en lugar de probar negativas; que la lección de la ausencia, si bien valiosa, nos exige demasiado, aquí y ahora, para brindarnos verdadero conocimiento; que resulta imposible demostrar de manera absoluta e irrefutable que algo no existe; Que debemos comenzar con una pregunta y formular la hipótesis como respuesta; que proceder de ese modo garantiza que la hipótesis sea pertinente en el momento presente y que, por tanto, impulse nuestra sagrada misión de comprender el universo que nos rodea; Que basamos una hipótesis en los hechos que hemos observado de este universo en lugar de lanzar suposiciones o conjeturas; que una hipótesis supone una predicción razonable que nos puede brindar conocimiento y no algo irrazonable que puede refutarse con facilidad y de lo cual no aprendemos nada nuevo; Que una hipótesis mal formulada puede conducir a un experimento fallido; que nos regimos por nuestro sagrado deber de construir cada hipótesis como si el universo dependiera de ella; que debemos actuar de buena fe en cuanto a la utilidad y solidez de cualquier hipótesis dada; que debemos avanzar en el conocimiento a toda costa, sacrificando cualquier atisbo de arrogancia en el altar de la constatación. Y que cometeremos errores, pero de los errores se aprende. En aras de la HIPÓTESIS, esto prometemos: cada año volvemos a partir de cero. En la estación que antaño fuera la primavera, rebatimos los experimentos que hemos llevado a cabo y las hipótesis ya contrastadas —ya sean nuestras o que nos hayan legado nuestros antepasados—. Suspendemos nuestros procedimientos actuales para celebrar los experimentos anteriores y transformamos nuestros estudios presentes con nuevas hipótesis basadas en aquellos hechos que nos guiaron. Así, los estudios antiguos no caen en el olvido, pues se aprende mucho al examinarlos bajo una nueva luz. Este es nuestro precepto: razonemos con pragmatismo, formulemos teorías demostrables y aprendamos de la experiencia. Tan bendita sea cada hipótesis refutada como hermoso el cristal roto del fracaso. Alabemos cada micra que avancemos, pues todo suma, hasta el más ínfimo detalle. En el error está escrita la llamada de la Anomalía y, en la demostración, nuestra respuesta.