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IV - LA LEY DE LA TIERRA

"Un espumoso de éter", la Araña se dirigió al escoria que estaba tras la barra. "Para nuestro intrépido kell". La Araña se sentó en su trono improvisado, en la parte trasera de El Tanque de Éter, observando su pequeño feudo. Hizo una señal a Mithrax para que se acercara. "¿A qué debemos el honor de tu presencia, kell Mithrax?", preguntó la Araña alzando la voz, pronunciando de forma exagerada la versión humana de su nombre. "Seguramente tengas gente más importante que ver que un humilde empresario como yo. Los que están en lo alto de la Torre, por ejemplo". Mithrax se percató de alguna que otra burla entre la multitud tras la mención de la Torre. "Quiero dejar claras las reglas del distrito elixni", dijo Mithrax, "para que no haya… malentendidos". "Por supuesto", proclamó la Araña con falsa deferencia. "Los malentendidos provocan que la gente se quede… atrás. No queremos eso". Mithrax resopló ante la indiscreta alusión de la Araña. Su réplica fue interrumpida por un cortés graznido a su lado. Miró hacia abajo y vio que el escoria de detrás de la barra le ofrecía un pequeño bote de éter. Mithrax conectó el bote de éter a su respirador y dio un fuerte tirón. La sensación le sorprendió gratamente. Era a la vez saciante y efervescente. La Casa de la Luz llevaba tanto tiempo viviendo del éter más básico que había olvidado lo deliciosas que eran estas mezclas. La Araña se percató de la apreciación del kell y se burló. "Bueno, las reglas", dijo con prisa. "Sí", Mithrax carraspeó. "No todos nos dan la bienvenida en la Última Ciudad aún, así que debemos evitar que nuestros vecinos humanos se enfaden". "De acuerdo", asintió la Araña. "Los humanos pueden tener muy mal humor. Especialmente cuando matas a docenas de ellos de una sentada". Mithrax ignoró el comentario y continuó. "Por eso no debe haber violencia dentro de los muros de la Ciudad. Nunca". "Este es el distrito elixni, ¿no es así?", la Araña se enfureció. "Los elixni deberíamos ser libres de impartir justicia cuando sea necesario… a nuestra manera". "No he dicho que no deba haber violencia", murmuró Mithrax. "Solo que no debe ocurrir dentro de los muros". La Araña asintió ante la concesión. "Muy astuto. De acuerdo. ¿Eso es todo?". "No. Eso no es todo. A partir de hoy, no habrá más mutilaciones en tu organización". Señaló con la cabeza al escoria que estaba detrás de la barra, cuyos muñones de los brazos estaban cubiertos de cuero con tachuelas. "¡¿Qué?!", exclamó la Araña. "¡Eso es absurdo! Los elixni llevan mutilando escorias desde el Tornado. ¡Es una tradición!". La multitud murmuraba inquieta ante la perspectiva de un enfrentamiento. "En mi Casa no", sentenció Mithrax. La sala quedó en silencio. Mithrax se dio media vuelta para dirigirse a la multitud. "Soy kell, y decreto que ningún elixni de la Casa de la Luz será mutilado". Se volvió hacia la Araña y bajó la voz. "A menos que quieras ser la excepción a la regla". La Araña se rio. "Ahí está el Misraaks que conocí", dijo socarronamente. "Mientras sigas dispuesto a desenvainar cuando llegue el momento, estaremos bien".