III - CONFIANZA
El espacio de trabajo de Eris Morn estaba organizado. Limpio. Un hornillo. Una sartén quemada. Una caja de raciones para alimentarse hasta la siguiente entrega de suministros a la Luna. Una mesa de trabajo de metal con equipo médico meticulosamente dispuesto, cuidadosamente conservado. La mitad del cráneo de un lacayo, junto a una sierra. Una colección de quitina desechada. Una madeja de cuero de la colmena.
El Nómada cogió un frasco de un estante. El recipiente estaba lleno de globos oculares de miembros de la colmena en conserva, su color verde atenuado por la muerte.
"¿Vives así?", preguntó el Nómada, incrédulo. Eris lo miró con el ceño fruncido.
"¿A qué te refieres? ¿Así cómo?".
El Nómada señaló la habitación. Ante el silencio de Eris, él continuó.
"Dijiste que el Desahucio era un caos".
Encendió una de las lámparas halógenas de luz fuerte que colgaban sobre la mesa de trabajo. La luz proyectaba duras sombras.
"Lo es".
"¿Y cómo calificarías esto?". El Nómada agitó el frasco de globos oculares. Rodaron y se chocaron entre sí en su recipiente de cristal antes de quedarse quietos con una mirada rebosante.
Eris volvió a mirar el relicario sin decir nada. Era un recipiente discreto que ocultaba su contenido, salvo por una extraña luz interior.
"Sin duda, la escriba de la Casa de la Luz los ha examinado ya", dijo Eris. ¿Por qué me traes uno a mí?".
"Eido no es precisamente una experta en Oscuridad".
"Comprendo".
Sintió los surcos y los patrones bajo las yemas de sus dedos al girar el relicario entre sus manos. Sintió el movimiento y el temblor de la Oscuridad al responder a su tacto, a su silenciosa pregunta. Pasó la yema del pulgar por los bordes del sello.
Cuando el Nómada le ofreció las reliquias a Eris por primera vez, ella dijo que eran un regalo. Ahora que tenía una entre sus manos, no le parecía buena idea desenvolverlo. Volvió a mirar al Nómada.
"¿Cuál es tu motivación para ayudar a los guardianes? Asumo que no se trata de altruismo".
El Nómada le dirigió una mirada burlona y ofensiva. "Oye, ¿y por qué no?".
"Mm, no cambies de tema. Habla claro".
El Nómada guardó silencio por un momento. Tenía una expresión pensativa. Cuando por fin habló, eligió cuidadosamente sus palabras.
"Los elixni necesitan una victoria", dijo mirando a otro lado. "Después de todo eso…, los vex, la Salvación, todo…, la Casa de la Luz necesita ganar".
"¿Y derrotar a Eramis será 'una victoria'?".
"Sí, y espero que esta vez dure".
El Nómada se apoyó en los talones y sonrió. "Además, siempre es agradable que te deban un favor. No sé si la Araña cumplirá con su… Pero apuesto a que el capitán kell sí".
Otra vez cambiando de tema. Eris colocó el relicario en la mesa de trabajo. El Nómada no hizo ademán de cogerlo.
"¿Seguro que no las quieres?".
Estaba siendo sincero. Eris lo sopesó. No la oferta, sino el sentimiento que había tras esas palabras. La fe implícita y tácita.
"¿Confías en mí?".
El Nómada se encogió de hombros. "¿Y quién no?".
Había una sonrisa tenue y cuidadosa en una de sus comisuras. Algo cercano al placer.
"Entonces quédate, guarda silencio y escucha. He pensado en su utilidad".
El Nómada hizo lo que le pidió.