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Angustia por décuplo

"No aguantes a nadie que inflija dolor. Ni siquiera a ti. Trata de no perder la compostura. Puesto que una vez que la imposición se tiñe de júbilo, no eres sino una bestia. ¿Y no somos acaso algo más? ¿No luchamos por ser algo mejor?". (Extracto de la versión traducida de "Escritos y observaciones de la Costa Enredada: un texto de los caídos" de C.C. LaGrange) Reksis Vahn vivió los últimos días de la Casa de los Lobos. Lleno de un frío odio, cazó y masacró a los sirvientes hasta que no quedó ninguno y, así, la furibunda casa terminó cayendo. No obstante, la ira de Reksis Vahn no se había aplacado por completo, pues los lobos no habían sido los únicos artífices de su odio. Todos y cada uno de los caídos que se aferraban a las ceremonias políticas de las casas eran sus enemigos. Se dice que pasaba mucha hambre cuando no era más que un joven escoria. Solía observar con agonía cómo los demás se iban haciendo fuertes mientras él y sus hermanos y hermanas más cercanos se quedaban atrás. Eran indignos, patéticos, indeseados, pero Reksis siempre fue consciente. Vio la falacia que suponía venerar a los arcontes, cómo los sirvientes eran adorados sobre un pedestal de divinidad para controlar, así, a las masas. Puede que hubiera una época en la que la teología de los caídos se centrara en asuntos de mayor relevancia, pero eso se acabó. Las casas se fragmentaron y declararon la guerra entre sí. Antiguas deidades abandonadas hace tiempo por un propósito más desesperado: la supervivencia. Reksis encontró fuerzas en su creciente odio cuando más miserable era. Reksis descubrió la forma de canalizar su ira al percatarse de que el desprecio era algo común entre aquellos que se hacían llamar los desdeñados. Seres malévolos y marginados cuyo estandarte honorífico era el desdén cargado de odio. Sus nuevos hermanos y hermanas apreciaron el gran valor que residía en su hostilidad desmedida. Todos tenían su propio motivo para estar furiosos. Todos compartían cierta maldad. Pero donde otros terminaron perdiendo el juicio, Reksis mantuvo la mente despejada y decidida, pues su objetivo era la búsqueda de la agonía por medio de una muerte terrible. Y el objetivo de tal crueldad no era otro que los sirvientes que lo habían rechazado. Las propias máquinas que sustentaban a los caídos. Pensaba destrozarlas, romperlas… desgarrar sus metales hasta que sus chillidos de muerte se escucharan por toda la Costa, el Arrecife y el sistema al completo. Haría que todo aquel que no estuviera del lado de los barones repudiados sintieran la angustia que él había sentido en tantas ocasiones. Dejaría que las vidas se diluyeran ante sus ojos con absoluto deleite.