Un camino de repudiados
"Sobrevivir es mucho más sencillo cuando los enemigos están muertos".
(Extracto de la versión traducida de "Escritos y observaciones de la Costa Enredada: un texto de los caídos" de C.C. LaGrange)
Elykris, la Maquinista, fue quien comenzó a almacenar sirvientes. Y Reksis, el Ahorcado, quien se encargó de asesinarlos uno tras otro. Dos aliados movidos por fuerzas opuestas, uno por la ciencia y la eliminación de la fe, otro por la ira y su implacable fuerza destructora.
Hacía mucho que la tensión entre ambos estaba latente, pues Reksis ya había pasado por el taller de la Maquinista en más de una ocasión para imponer sus opiniones en relación con los sirvientes que estaban encarcelados allí.
Fikrul, el Fanático, su líder espiritual y otrora sacerdote arconte, observaba paciente mientras la rivalidad iba en aumento. Pudo apreciar el poder en su ira. Pudo apreciar fuego y furia, pero también más, un nuevo camino por donde avanzar. Uno que podría servir para unir deseos y llevarlos más lejos, una unión más poderosa que sus luchas individuales.
Fikrul esperó, dejó pasar el tiempo conforme las tensiones aumentaban y amenazaban con escindir las lealtades de los barones. La noche en la que Elykris ya no pudo más, al sorprender al Ahorcado listo para asesinar al último grupo de sirvientes inferiores capturados, fue cuando Fikrul decidió intervenir.
Fikrul se dirigió a Elykris y dijo "tráeme a un sirviente". Mientras Reksis refunfuñaba expectante, ella dudó, pero Fikrul fue paciente. "¿Dónde ha quedado tu confianza?".
Elykris liberó a un sirviente de su cautiverio.
Fikrul se acercó al sirviente y lo trasladó hasta Elykris. "Has reunido muchos, Maquinista. Cientos de ellos. Puede que más. Nuestro propio suministro, nuestra fuerza vital alimentada a base de máquinas esclavizadas". Elykris asintió mirando al sirviente conforme este se acercaba ligeramente a los brazos abiertos del arconte, que acogía al otrora venerado orbe como si de un niño se tratara.
Los demás barones empezaron a vociferar un cántico rítmico de guerra.
"El tremendo valor de vuestro trabajo… no basta para alimentarnos". Fikrul abrazó al sirviente. Había ternura en el apretón. Había melancolía. "También tenemos que hacer que nuestros enemigos pasen hambre, al igual que vosotros pasasteis hambre". En medio de la confusión, los brazos inferiores de Fikrul desenfundaron dos fusiles de postas chispeantes y refinados. "Al igual que todos nosotros".
El sirviente, todavía sujeto por las garras de los poderosos brazos superiores del arconte, empezó a emitir un estridente y desgraciado chillido digital, una mezcla entre dolor y confusión conforme las hojas le atravesaban la cubierta externa y se hundían en las profundidades de sus sistemas centrales. El éter siseó y se esparció.
Fikrul soltó la cubierta acallada de la máquina, que cayó con un inerte sonido metálico en el suelo. Entonces, se giró hacia Elykris. "¿Lo ves?". Elykris sonrió. Siempre había sido la más brillante de todos, aunque su enfoque podía perder claridad cuando enloquecía.
Los barones habían sido un gran incordio durante mucho tiempo para los insomnes y los caídos del Arrecife, pero el incordio se limitaba a tácticas de acoso esporádico. Lo que Fikrul había hecho era un método nuevo.
Fikrul se aproximó a Reksis. "¿Lo ves?". La respuesta fue un rugido salvaje: "¡Mátalos a todos!".
Fikrul se rio. "No a todos, Ahorcado. Tan solo a los que no necesitemos".
Los barones lo vitorearon conforme proseguía, "Todo sirviente, cualquiera, ligado a una casa es ahora objetivo nuestro hasta que no quede ninguno salvo aquellos de los que nos alimentamos".