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IV. Conspiradores

Arac Jalaal entrecerró los ojos impaciente. El jefe de logística de la Órbita Muerta se esforzaba por contabilizar los alijos de suministros de la facción. Ambos llevaban una hora deambulando por el enorme hangar mientras otros cargaban la enorme nave que había en la parte trasera. Jalaal había interpretado las desapariciones celestiales y la intrusión de la flota negra como claras señales para iniciar el éxodo definitivo de la Órbita Muerta. Había mandado acelerar los preparativos de la marcha, pero sentía que los miembros de la facción no podían seguir el ritmo. Jalaal interrumpió los balbuceos de su subordinado. "Esto es insuficiente. La Tierra pronto quedará atrás y la Órbita Muerta tendrá que sobrevivir con los suministros que podamos ofrecer". Su tono suave y su mirada entrecerrada subrayaban la gravedad de sus palabras. "Suministros que es tu responsabilidad controlar. Lo entiendes, ¿no?". El administrador se ruborizó. Agachó la cabeza y se escabulló. Contrariado, Jalaal torció la cabeza. A sus espaldas, una voz ronca se elevó por el laberinto de contenedores apilados: "¿Ya te vas, Jalaal?". Lakshmi-2 y el Ejecutor Hideo habían llegado. La líder de la Secta Guerra Futura aparentaba formalidad, con las manos entrelazadas en la espalda. El cabecilla de la Nueva Monarquía miraba los contenedores con sincera curiosidad. "Una colección impresionante. No sabía que la Órbita Muerta tuviera tantos fondos", dijo Hideo señalando los contenedores. Jalaal se encogió de hombros. "Es el trabajo de toda una vida, Hideo. Todo lo que necesitamos para repoblar otro lugar con la especie humana. Acompañadnos". "Estamos bien donde estamos, gracias", exclamó Lakshmi. "De hecho, por eso hemos venido". Jalaal inclinó la cabeza y señaló la salida del hangar. Salieron los tres juntos. "Hideo y yo estamos preocupados por el actual liderazgo de la Vanguardia", empezó Lakshmi prudentemente. Jalaal soltó una risa triste. "Sí, he oído tus transmisiones. Te estás volviendo toda una demagoga. No sabía que te cayeran tan mal los caídos". "Si decir la verdad es incitar, pues que así sea", espetó Lakshmi, con más mordacidad de la que pretendía. "Los caídos han sido un catalizador, pero eso no quiere decir que nos equivoquemos". "Con respecto a la Vanguardia, quizá no", respondió Jalaal, "pero la Secta está perdiendo muchos miembros y dudo que os hayáis quedado con los mejores". "Los que quieran irse pueden hacerlo", dijo Lakshmi echando un vistazo hacia la nave de Órbita Muerta. "Seremos más fuertes sin ellos". "Zavala e Ikora no han sido muy eficientes desde que murió el Orador", intervino el Ejecutor Hideo. "La desaparición de los planetas los pilló por sorpresa. Ahora permiten que los guardianes empuñen la Oscuridad. ¿Y ese pacto con los cabal? Eso ya es demasiado". "Necesitamos líderes con ideales similares a los de la gente", dijo Lakshmi. "¿Y a quién propones, exactamente?", Jalaal se detuvo en la esquina de una ancha avenida, donde el sonido de los motores de los cargueros enmascaraba su conversación. "Primero, pensamos en Saladino", dijo Hideo con una mueca mal disimulada, "pero no es tan despiadado como aparenta. Al parecer, el Señor de Hierro tiene cierta debilidad por el comandante Zavala". Lakshmi le lanzó una mirada a Hideo, como si hubiera dicho algo inapropiado. "Ahora estamos pensando en San-14", dijo ella, retomando el control de la conversación. Jalaal arqueó una ceja. "¿A quién más habéis liado en vuestro pequeño golpe?". "Tenemos a una persona en una posición influyente. Alguien que puede asegurar un cambio de poder pacífico", respondió Lakshmi. "Esa persona debe de ser muy inteligente", dijo Jalaal con gravedad. "Por vuestro bien. Ikora Rey es un objetivo que no se nos puede escapar". El momento se alargó y Jalaal sopesó la situación. No era la primera vez que se le pasaba por la cabeza un cambio de liderazgo y pensó en lo que eso podría implicar para la Órbita Muerta, la futura repoblación y la supervivencia de la especie humana. Y, como siempre, la idea del poder personal, una posición eminente en una sociedad moribunda, era una tentación constante.