V. Sabotaje
Dos docenas de humanos, encubiertos con máscaras improvisadas, se escabullían por el distrito Botza en la oscuridad. Algunos iban armados, pero la mayoría llevaba herramientas de trabajo: palancas o llaves inglesas.
Querían infiltrarse en el distrito elixni y encontrar indicios de violencia. Si no lo conseguían, tenían intención de dejar bien claro que la Casa de la Luz no era bienvenida en la Última Ciudad. Con cuchillos, rasgaron estandartes. Unos vapores tóxicos impregnaban el aire y resonaba el traqueteo de las latas de pintura. El zumbido de la maquinaria que los rodeaba ahogaba el ruido de sus actividades y unas voces discutían a susurros en tono conspiratorio.
"Creo que es su comida", le susurró una joven a su compañero mientras echaba una mirada cautelosa por encima del hombro. No vio a nadie y se agacharon junto a un gran tanque de éter. Pensó que los elixni debían de estar congregados en algún edificio cercano. ¿Acaso dormían alguna vez?
"Ven, ayúdame", dijo su compañero señalando lo que parecía ser un panel de control.
Entre los dos, retiraron la placa frontal. Una maraña de cables quedó al descubierto. Intercambiaron una mirada furtiva y empezaron a arrancar cables a puñados, con las manos temblorosas y el corazón acelerado por la emoción.
Un silbido grave, similar al reclamo de un pájaro, atravesó el aire nocturno. Alzaron la mirada y, a pocos metros de distancia, vieron a un cazador con el rostro oculto por un almete. Los apuntaba con un cañón de mano que empuñaba desde la cadera.
Sus cómplices, atraídos por el ruido, se acercaron analizando sus diferentes posibilidades. Y a nadie le gustaba ninguna de esas posibilidades. Incluso los que habían venido armados estaban preparados para encontrarse con algún caído, pero no con un guardián.
"No quiero problemas", susurró el cazador.
La mujer se quedó inmóvil y el joven que la acompañaba se aceró al cazador apretando los dientes. "¡No!", le suplicó su compañera. "¿Estás loco?". Le tiró del brazo para que se escondiera detrás del tanque de éter destruido, pero él se soltó.
Lentamente, avanzó hacia el cazador. "Estás en el bando equivocado", dijo.
El cazador tiró del percutor de su cañón de mano con un clic.
"No lo creo", respondió el cazador.
Como no tenía ninguna intención de poner a prueba al cazador, el joven se giró y anunció: "Vamos".
El cazador entrecerró los ojos. El joven pasó por su lado y escupió a sus pies. Entonces, una sensación antigua y horrible nació en su interior. Tuvo que hacer un gran esfuerzo por contenerse y no disparar.
Los conspiradores salieron de sus escondites, uno por uno, y desaparecieron en la oscuridad. Algunos murmuraban insultos entre dientes contra el cazador, pero ninguno se atrevió a mirarlo.
En pocos minutos, la zona quedó desierta, a excepción del cazador, que se quedó en la calle hasta que su Espectro apareció sobre su hombro.
"No habrías disparado, ¿no?", gorjeó con preocupación.
El cazador vaciló mientras enfundaba el arma. "Tenía que hacerles creer que iba en serio, Glint".
"Pero no ibas en serio", insistió el Espectro. Sin decir nada, el cazador empezó a abrirse camino entre la destrucción. Pronto alguien daría la voz de alarma y no quería estar ahí cuando eso ocurriera.
"Dime que no ibas en serio", dijo de nuevo el Espectro sin seguirlo, "¿verdad?".