6. El heraldo
Los sueños siguen ocurriendo. Son viejos recuerdos, pero retorcidos: La lucha contra un guardián en el Presidio de los Ancianos y la derrota ante su Luz; Athrys golpeando las paredes de su cápsula de sueño, suplicando a la Gran Máquina.
No puede dormir. Algo en estos sueños insiste en que debe viajar a la Luna de la Tierra y ella decide seguir esa señal.
En la Luna, se enfrenta a la putrefacción de la colmena como a un enjambre de moscas. Su hedor fétido es insoportable, peor que el de los montones de cadáveres del presidio y peor que los campos de batalla de la Grieta del Crepúsculo. La colmena come y respira muerte, y ella detesta tanto su aliento que los siega como si fueran malas hierbas.
Un caballero la acecha por las catacumbas. Para evitar ser descubierto, caminando al mismo ritmo que ella. Ella le hace creer que lleva ventaja, dejando que ataque primero y, cuando lo hace, ella revienta su armadura de exoesqueleto con la espada. Esa emoción de la lucha, el aullido del caballero al morir… es casi reconfortante. Un descanso de sus perturbadores sueños.
Está cubierta de sangre de la colmena, pero sigue avanzando. Cuando finalmente llega a la nave, una visión conocida la paraliza.
Recuerda esa flota.
Recuerda haberlos visto atravesando el cielo como flechas oscuras. Recuerda el espacio donde estaba la Gran Máquina y el vacío donde ya no está.
Fue una lección sobre la dependencia que tardó muchos años en aprender.
Ahora, la flecha oscura le habla. Sabe que no es elixni. No es una de las torpes lenguas de la Tierra, ni el melodioso hablar del Arrecife. Es diferente, como un susurro. Pero es fuerte y se entiende perfectamente.
Basta de esperar, dice.
Nadie vendrá a por ti.
Sé tu propia salvación.
Siente algo en las cuatro manos, un cosquilleo, una vibración. Le recuerda a la lanza de arco rota. Tensa y relaja los puños, mirando a la superficie de la nave. Aquí hay poder. Poder con el que ella puede hacerse.
Pero todavía no.
Una visión la golpea como un rayo. La transporta. El lúgubre polvo gris de la Luna desaparece y ella está de pie en una llanura blanca de hielo y nieve. La ciega, la deja sin aliento.
Luego, vuelve a estar en la Luna y cesan los susurros.
Ya sabe adónde debe ir.