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4. El visionario

En los primeros meses tras su libertad, Eramis maldice a Misraaks, el Renegado. Es un aspirante a kell, un traidor capturado, una escoria de cuatro brazos que se encoge ante una falsa reina y juega a las casitas con los enemigos de los elixni. Y, lo peor de todo, lo más humillante: ha derrotado a Eramis. Ella no ha podido adquirir el arma SIVA, no ha podido humillar a los guardianes, no ha podido encender de nuevo los fuegos de la Casa de los Demonios. Su fracaso la atormenta. Ahora, se sienta en el puente de su queche robado, erguida, contemplativa. Tiene la mirada puesta en alguna realidad distante, acabada, a la que nunca podrá volver. Atraks, la más joven de su consejo, la observa desde el otro extremo de la sala. Ella se acerca. "Mi kell", dice. Su voz es como la de una niña. Eramis guarda silencio unos instantes más de lo necesario. Finalmente, dice: "Eres demasiado joven como para recordar la antigua casa, lo que los Demonios éramos antes". Atraks inclina la cabeza en señal de respeto. "Este fracaso no te duele", añade Eramis amargamente. Atraks sigue con la cabeza inclinada. Luego, lentamente, la levanta. Sus ojos examinan el rostro de Eramis. "Soy demasiado joven como para recordar", repite dándole la razón. "Pero tengo la claridad suficiente como para ver en qué se convertirán los Demonios". Eramis abre la boca para recordarle a Atraks su lugar, y hace una pausa. Una idea ha despertado de pronto en su pensamiento. Se yergue y su altura es intimidante. Extiende su segundo par de brazos. "No", dice. La claridad ha descendido sobre ella como una lluvia en Riis. "Los Demonios no son nada". Se dirige hacia la puerta con paso resuelto. En su interior arde nuevamente el fuego. "Los Demonios han muerto". La Casa de la Anarquía. La Casa de la Ruina. La Casa de Eramis. "Debemos convertirnos en algo nuevo".