Añorar
Soy la primera Oradora a la que hacen prisionera.
La mayor sorpresa no es que me capturen, sino que lo haga un escoria.
Al final, cuando me arrastran, atada como un fardo, hasta una cueva húmeda a kilómetros de mi colonia, son tres escorias. Busco un kell o un sacerdote, alguien que esté al mando, pero estamos solos. No hay barracudas ni tanques de éter ni estandartes ni sirvientes. Me siento en una roca y miro a mis captores, más perpleja que asustada.
La vergüenza de que me haya capturado algo tan pequeño y joven en aspecto, cuando durante tanto tiempo hemos logrado defender nuestro asentamiento de sus enormes capitanes, es una lección de humildad.
El escoria que me ha capturado juguetea con una máscara. Uno de sus compañeros observa, mientras el otro me apunta con una lanza de arco. Parecen inseguros, nerviosos. Es probable que no fuera esto lo que se suponía que debían hacer.
Espero con paciencia a que el escoria se coloque la máscara en la cara.
"Tú", me dice con una voz crepitante y distorsionada. Estoy anonadada. Se las han ingeniado para fabricar un traductor. "Eres la boca de la Gran Máquina".
Ha habido negociaciones con los caídos desde que llegaron a la Tierra. Nunca han tenido éxito y casi siempre han tenido funestas consecuencias, pero han tenido lugar. Así que soy consciente de que algunos alzados conocen su idioma alienígena y de que algunos caídos de nivel alto conocen el nuestro. Sin embargo, que lo haga un escoria... es una sorpresa. Otra.
Y... lo de "boca de la Gran Máquina"...
Mm.
"Lo era", digo con cuidado. El escoria entrecierra los cuatro ojos mientras su tecnología interpreta mis palabras. Si comprende la diferencia entre "soy" y "era", no lo demuestra. En cambio, asiente con la cabeza.
"Nos dirás las palabras de la Gran Máquina".
En realidad, no suena como una orden. Me pregunto si, con una tecnología de traducción más avanzada, habría dicho "por favor".
No digo nada. Si les dejo entrever lo que no puedo hacer, lo que no sé, es probable que me maten.
Los otros dos escoria rodean a su compañero y lo observan con ansia. De vez en cuando, me miran. El que sostiene la lanza ha aflojado la mano y la lanza se inclina hacia abajo, apuntando al suelo. Para mi sorpresa, los caídos muestran unos rostros muy expresivos. Lo que capto de ellos no es agresividad ni odio, sino expectación y temor.
El escoria que lleva la máscara asiente de nuevo, sin dejarse desanimar por mi silencio. Esta vez, cuando habla, detecto esperanza, incluso a través de la máscara. "¿Por qué nos dejó la Gran Máquina?".
Le devuelvo la mirada.
Cualquier miedo que tuviera se disipa. En cambio, lo que siento es pena, en parte olvidada en mitad del caos de intentar sobrevivir, y una profunda y persistente afinidad por los enemigos que nos han perseguido.
Mi voz transmite cierta tranquilidad cuando por fin hablo.
"No lo sé".
Los otros dos escoria miran a su amigo, expectantes. Su expresión se crispa, confusa y después decepcionada. También hay ira en ella, pero está eclipsada por algo más: un pesar que me es muy familiar.
Permanecemos sentados en silencio durante mucho tiempo.