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Vance: Canario

La sonrisa del hermano Vance se desvaneció en cuanto el titán irrumpió en el santuario. El olor era inconfundible: pólvora antigua, aceite quemado, fluido vex chamuscado. El hedor del hierro desgastado por el uso de cientos de vidas. "Tienes la Paradoja Perfecta", dijo Vance con tanta calma como pudo. Extendió las manos. "¿Puedo?". El titán se encogió de hombros antes de desenfundar la escopeta y posarla sobre las manos de Vance. Vance acarició el cañón con los dedos y midió el peso de la culata. "Vaya", dijo. "No es la Paradoja Perfecta original, ¿verdad?". El titán lo miraba confuso. Vance hizo una pausa con la cabeza ladeada antes de continuar. "No has conseguido esta arma en la tumba de San-14, sino por un Teseracto que funciona con fractalina, ¿no es así?". El titán asintió y se quedó un buen rato observando al ciego. "La ha creado el reloj solar", dijo al fin. Los dedos de Vance rodearon el arma. Pesaba, estaba cargada con siete… no, ocho casquillos. Cargador táctico. Conseguirlo no había sido fácil. "¿Y cuántas líneas temporales has conseguido atar a la nuestra para conseguir el arma? ¿Cuántas realidades adicionales soporta ahora nuestro mundo a cambio de esta abominación hueca?". La mente de Vance volaba ante la idea de la infinita red que tiraba de la escopeta. "¿Cuánta fractalina has sacrificado por esto? ¿Cuatrocientos fragmentos?". Guardó silencio, horrorizado. "¿Más?". "Tiene un cañón de trinchera", destacó el titán con amabilidad. "Lárgate de mi santuario", le espetó Vance y dejó la escopeta en el suelo como si se tratara de un animal muerto. "Has acelerado el fin de todas las cosas y ahora debo modificar mis profecías".