Asher: Predicción
Asher Mir no dejó de farfullar en todo el viaje por Ío.
Mientras se abría paso a través de los afloramientos rocosos, maldijo la tierra suelta bajo sus pies, maldijo la enorme mochila, maldijo a los poseídos errantes y maldijo el rebote del fusil Neuroma de silicio contra el hombro.
Levantó la mirada hacia la pirámide, que canalizaba sus energías sucias hacia la Cuna y resopló con desprecio. A pesar de lo instruido que era, no le quedaban fuerzas para articular las palabras adecuadas.
Era tarde durante lo que podía ser una noche en Ío. Y aunque Asher estaba agotado, siguió sin descanso. Se detuvo una sola vez, unos instantes, para observar un caracol cuyo caparazón formaba pequeños racimos de obeliscos cristalinos negros.
Se arrastró por las zonas cavernosas bajo la Cuna. Raíces extrañas sobresalían de las paredes de tierra. Presenció con calma el patrón de un aullador tembloroso y su latido calculado guio a un grupo de poseídos rugientes por el camino equivocado. Pasó sin interrupciones.
Eris se encontraba en su exiguo campamento junto a las retorcidas raíces del enorme árbol. Se arrodilló cerca de un haz de luz que venía desde muy arriba y que se filtraba a través de la médula del árbol para bañar un brote antinatural de pétalos de cámbium. Asher se percató del olor a savia y aceite de cocina quemado.
Decía que le alegraba verlo; aunque por las preguntas para averiguar por qué había traído los suministros, no sonaba muy contenta ante la inesperada visita.
Conforme Asher sacaba lo que le había traído, Eris le hablaba del árbol, de los mensajes, de los susurros. La emocionante lucha por descubrirle el rostro a lo desconocido, aunque lo desconocido trate de matarte. Sonreía al hablar. Asher entendía perfectamente lo que quería decir.
Estaba descansando junto al fuego. Sobre una pequeña mesa, no muy lejos, había muestras de quitina de la colmena, cortezas del árbol, tierra cenicienta y un cuaderno abierto que resultó ser un diario. Asher lo cerró al instante, sobresaltado.
Volvió a meter la mano en la mochila. Sacó una botella de licor dorado (de cuando un ignorante supino entendió mal su pedido de alcohol isopropílico) y la colocó sobre la mesa. Había traído dos vasos limpios, apartados en una esquina de la caja cuadrada dentro de un gran cilindro graduado. Sacó uno y lo colocó con suavidad junto a la botella.
Asher se aclaró la voz, se volvió a atar las botas, se puso en pie y se llevó la mochila a los hombros.
"Lo tienes todo bajo control, ¿verdad?", le dijo a Eris.
"Desde luego", respondió ella, concentrada en el haz de luz giratorio.
Asher cambió el peso del cuerpo al pie contrario y emitió un sonido gutural. "Dime que las cosas se resolverán", dijo sin rodeos.
Eris alzó la mirada y la dirigió hacia aquel hombre, pensativa. "Haré todo lo que esté en mi mano", contestó.
Asher asintió e inició su largo viaje de vuelta.