The Grimoire Archive
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Cerca I

"Eres el diablo", susurra Alis Li. "Recuerdo que… en una de las antiguas lenguas, Mara significa muerte". Una hora antes. La nave de Mara toca tierra a unos prudentes dos kilómetros de las Arboledas Perladas, y luego ella mira a través de los laberintos de canales y pozas de marea hasta los complejos de antigua piedra blanca y plateada que hay después. Ostras de dos toneladas brillan en las sombras; sus conchas están enjoyadas de incrustaciones minerales. Las aves marinas picotean y se apuran por las estrechas playas blancas. Mara levanta sus faldas formales negras y empieza su largo paseo hasta el retiro de Alis Li, el santuario de las antiguas reinas. "Mara", susurra Uldren por su micrófono de garganta. "No lo hagas. Por lo menos, lleva a Sjur contigo". Pero tiene que hacerlo, o nunca podrá volver a mirarse al espejo. El sol la azota con sus rayos. Se esconde bajo un parasol, pero el calor se acumula en los pliegues de su ropa, en las suelas de los zapatos. Cuando entrecierra los ojos ante el resplandor, cree que puede ver los puntitos brillantes de su flota en órbita: los Cascos, construidos bajo supervisión de los eutecnólogos según las especificaciones de inteligencias artificiales radicalmente posconscientes que algún día volarán entre los mundos. Ya es demasiado tarde para detener el proyecto. Demasiado tarde para cambiar de idea: exactamente doce mil cien millones de años demasiado tarde, en realidad. Para Mara en concreto. Mara da una patada a la arena y sigue caminando penosamente. Está de un humor de perros cuando llega a la casa de la antigua reina, pero la visión de Alis Li sentada en el porche con un juego de té destartalado la hace sonreír. "Gracias por recibirme", dice Mara. "Gracias a ti por venir. Temía que fueras a abandonar el universo sin despedirte". Alis le pone una taza de té frío de mora. "Toma asiento. ¿Cómo va la reina Tel?". "Se ha negado a apoyar mi expedición", admite Mara, escondiendo los pies por debajo de su cuerpo en la ancha tumbona de madera. El té está demasiado dulce, pero resulta deliciosamente refrescante. "Seguro que entiendes sus motivos". "¿Quieres decir que se ha negado a apoyar la violenta y repentina separación de decenas de miles de hilos del tapiz de nuestra sociedad? Qué sorpresa". Alis repasa a Mara con una mirada crítica, y luego se apoya en el respaldo con un suspiro. "Un escriba me dijo una vez que la definición de utopía es un lugar en el que la felicidad de cada uno de sus habitantes es necesaria para todos los demás. Vas a hacer infeliz a mucha gente, Mara. Harás que la vida de toda la gente del mundo sea sensiblemente peor. No solo a los que has arrastrado a una muerte segura, sino a quienes lloren su marcha, y a todos aquellos que vendrán a lamentarse por la falta de trabajo y de conocimiento que les arrebataste". "Mi pueblo se prestó voluntario". "Tu madre te dijo", afirma Alis, "que una cosa es tener un determinado poder sobre la gente, y otra es negar que lo estás usando". "Tú una vez me dijiste", replica Mara, "que tenía que considerar el símbolo en que me había convertido la gente, y que si era bueno, tendría que ser ese símbolo para ellos. Tendría que actuar como ellos esperaban que lo hiciera. Eso he hecho. He sido lo mejor que puedo imaginar". "¿Esto es lo mejor que puedes imaginar?", dice Alis, con una neutralidad muy estudiada. Mara se toma el té con un delicado silencio. La antigua reina deja la taza con tanta fuerza que la desportilla. Mara salta en un discreto sobresalto: el juego de té es una reliquia de la Navespira. Su rostro se endurece con el poder del antiguo mando. "Mara, Soy al menos tan lista como tú. Hazme el honor de reconocerlo". "He trabajado cientos de años para obtener este resultado", dice Mara, con franqueza, pero sin el valor de mirar a Alis Li directamente a los ojos. "He nutrido y cuidado la creencia ecaleísta para que haya siempre insomnes que se sientan incómodos en el paraíso. Culpables por el don de la existencia en el Distributario. Gente que vendrá conmigo". "Lo sé". Alis pone una mano sobre la de Mara y, por un momento, el tacto casi arranca un suspiro de gratitud de Mara: ser vista, ser conocida, sin repugnancia. Y entonces, la vieja fuerza de Alis le clava la palma de la mano sobre la mesa. "¿La Diasirmo?", sisea Alis. "¿La Guerra de la Teodicea? ¿Lo organizaste tú todo?".