Imponente V
El rugido subsónico de los cohetes aceleradores sólidos cruza la barrera de sonido al moverse. Oírlo es sentirlo, y sentirlo es recordar que eres más un saco de fluidos y geles que una entidad sólida. Membranas y gradientes, solutos y películas: un cuerpo es una cosa enmarañada. Mara piensa en esto mientras contempla el vehículo de lanzamiento desechar sus propulsores y ascender a través de las nubes. Los insomnes podrían haber sido ángeles. En lugar de ello, son carne.
"Y eso es todo". La reina Nguya Pin se levanta de su trono portátil, le saca un par de cabezas a Mara. "Elige a otra persona. Mi trabajo ha terminado, y no aguanto más".
Mara le sonríe. "¿Acaso acaba alguna vez el trabajo de una reina?".
"Oh, no me insultes", dice la reina Pin con un chasquido de la lengua. Se quita de los pantalones el polen arrastrado por el viento; los lanzamientos de hoy han azotado los árboles de la primavera con un viento caliente. "Me usaste para hacer tu trabajo, política y científicamente. Me usaste para liar a los escribas en un bonito pergamino a tu disposición. Yo te seguí la corriente por la monarquía, Mara, no porque sea tonta. No sé qué es lo que quieres o por qué estás tan empeñada en tener a los insomnes inquietos e insatisfechos. No sé cómo manipulas las aclamaciones. Pero cuando abdique, voy a buscar a Alis Li, dondequiera que haya ido, y le haré todas las preguntas que tengo sobre ti. Estoy muy interesada en conocer las respuestas".
"Has sido una reina maravillosa", dice Mara. "Nadie te sustituirá jamás". Aunque está pensando en Devna Tel, que nunca ha sido de los escribas, y cuya coronación sería un maravilloso revés a las ambiciones restantes de los escribas.
Sjur Eido se encuentra con ella junto a la nave. "Necesitaremos una nueva reina", le dice Mara, saltando por el lateral de la rampa. "¿Se sabe algo del satélite?".
"Sigue en marcha al punto de Lagrange. ¿Qué le has hecho a Nguya?".
"Le he dado demasiada perspectiva, me temo". Al igual que este satélite de observación debería ayudar a los insomnes a ver las cosas desde el punto de vista de Mara. Ella sonríe mientras ayuda a su guardaespaldas a subir la rampa; Sjur, indulgentemente, finge necesitar la mano de Mara. "Uldren ya debería estar sobre el terreno en Kamarina. Tendremos una autorización para la compra del interferómetro cuando haya terminado".
Hay nuevas estrellas en el cielo. Mara las puso ahí. Enormes telescopios de matriz distribuida orbitan el frío sol del Distributario; los sensores de ondas gravitatorias y los detectores de neutrinos primordiales fríos recorren la corteza. A partir de empresas fantasma e inversiones semilla, ha abierto su mundo como un enorme ojo y lo ha enfocado al cielo. Sjur Eido fue su sonriente avatar público estas décadas pasadas, mientras que su hermano se encargaba de la seguridad. Los días de las partidas secretas de ajedrez rápido en la corte de la reina se han terminado: el apoyo abierto de Sjur Eido convirtió a Mara en el rostro del ecaleísmo y armó a Mara con posibilidades de chantaje contra todos los escribas de Gensym que seguían en el poder.
Pero nunca había estado tan sola ni tan preocupada por el futuro. Madre le ha dicho que ella, Mara, usa su poder sobre Uldren con demasiada libertad; que debe aprender a parar, o su madre ya no será su amiga.
"¿Mara?", dice Sjur, captando cierta expresión vacilante. Conociendo a Mara, cambia inmediatamente de rumbo frente a la comodidad. "¿Qué crees que encontraremos con el satélite?".
"La prueba de que es hora de marcharnos", dice Mara. "La prueba de lo que he sabido desde el principio".
Sjur fruñe el ceño sumida en pensamientos. No recuerda gran cosa antes de su despertar. Pocos de los 891 lo hacen; pero sí lo suficiente para inquietarla. "Hora de marcharnos…".
Las turbinas de la nave cogen velocidad y luego se estabilizan en un silencioso ritmo de crucero. Sjur estira la mano para ponerse el cinturón de seguridad enfrente de Mara. De forma impulsiva, con un rostro impasible, negando necesitar lo que pide, Mara se aparta a un lado para hacer sitio en su banco. Sjur levanta una ceja.
"No digas nada", le advierte Mara. "Ni una palabra". Y así, pasan el vuelo en silencio, pero no solas.