La Aurora antes de la Aurora
Amanda me contó una vez que su madre, Nora, formaba parte de un pueblo del desierto que procedía de un lugar muy lejano. Se había pasado la vida como nómada desde que era una cría, en ocasiones con poco más que un mapa garabateado y su característica escopeta. No echaba en falta gran cosa, salvo rodearse de su gente. Nora conoció al padre de Amanda en un pueblo casi fantasma y, cuando le habló de la Última Ciudad segura, este la siguió. Solo se tenían el uno a la otra. Recogieron a algunos refugiados por el camino y perdieron a otros tantos.
Entonces, tuvieron a su preciosa hija. Debió de ser una travesía muy larga: en primer lugar, con un bebé; más tarde, con una cría. Pese a todo, siguieron creyendo. Tenían esperanza. Siguieron adelante.
Amanda me habló de una Aurora en concreto que vivieron en medio de la naturaleza. Habían empezado a relacionarse con otra familia que tenía una hija un poco mayor que Amanda: Lucia. Eran unos compañeros de viaje muy agradables. Se vieron sorprendidos en medio del bosque por un viento aullante, una tormenta que se avecinaba y ramas volando por los aires: se dieron cuenta de que tenían que resguardarse.
Se toparon con una lanzadera siniestrada, así que improvisaron un cobertizo con una de las alas y un revestimiento destrozado, y allí refugiaron a las dos niñas y los adultos en la zona seca que quedaba bajo el casco oxidado.
Entonces, la madre de Amanda dijo: "Vamos a tener que quedarnos aquí un tiempo, así que tenemos que hacer algo para levantar los ánimos".
Envió a los adultos a buscar comida y bebida, además de algo con lo que mantenerse secos. El padre de Amanda regresó con plantas de hojas grandes para usarlas como colchas, mientras que sus compañeros trajeron petacas llenas de agua, unas frutas espinosas y un buen puñado de verduras silvestres parecidas a pepinos. Esto, sumado al pescado seco que llevaban en las mochilas, les sirvió para preparar todo un banquete.
Mientras los adultos trabajaban, Lucia rizaba las pieles de la fruta para formar florecillas; Amanda, sin embargo, no dejaba de mover los pies, inquieta. "Haz algo útil; prepara algún adorno", la apremió su madre, que le pasó cables, tuercas, tornillos y la placa de un circuito lleno de lucecitas.
Lucia se acercó de un brinco con una batería antigua en la mano. Juntas prepararon pequeñas guirnaldas a partir de unas bombillitas y Lucia le enseñó a Amanda a conectar los cables a la batería para hacer que se encendieran. Lucecitas brillantes en la oscura inmensidad del bosque.
Amanda me habló de la fruta, de sabor amargo y pulpa suave y blanquecina. Me contó que cantaron canciones inventadas sin letra alguna, solo tarareando y aporreando las paredes metálicas de su refugio para crear ritmos.
No sabe de qué fruta se trataba. Puede que ya no exista. En cuanto a la otra familia, su camino se separó del de la familia de Amanda. Más tarde, los padres de Amanda… perecieron, como muchos otros de camino a la Última Ciudad segura.
No obstante, Amanda Holliday sigue elaborando sus lucecitas con piezas de repuesto y sobrantes para decorar su taller. Lo hace cada Aurora.
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Galletas espaciales de chocolate:
Mezcla aceite cabal y sabor nulo, añade esencia de la Aurora y luego hornea.