Cosmogiro III
Las estrellas se han apagado. El universo se ha ennegrecido: un velo de vacío cubre la Yang Liwei, sus cuarenta mil pasajeros durmientes, los novecientos miembros de su tripulación, y quizá incluso todo el sistema solar. No hay forma de saberlo, porque no hay forma de ver nada más allá del casco. El propio vacío se ha vuelto hostil a la propagación de la luz. La oscuridad los rodea.
La nave avanza a sacudidas en un mar tormentoso mientras el espacio-tiempo se ondula con mareas de gravedad.
"¡Informad!", exige la capitana Li. Su sensorio resplandece con telemetría posicional de giróscopos láser de anillo, satélites baliza, posiciones de púlsares, texturas de fondo de microondas cósmicas, mapeados de terreno de campos electromagnéticos galácticos: todos los instrumentos inutilizados, bloqueados, arrojando datos absurdos. "¡Información de las estaciones!".
"FIDO", grita el oficial de dinámica de vuelo. "Motor principal en modo seguro. Los propulsores se activan de forma errática. El control de actitud mantiene los choques en manual".
"Guía. No tengo posición. No puedo obtener un vector. Nos estamos moviendo, pero no puedo determinar cómo ni adónde".
"INCO. No hay comunicaciones externas. Las redes internas entran y salen".
Una increíble sensación invade a la capitana Li. Un ruido sordo y un aleteo en el estómago, en la médula, en los elementos más primordiales y básicos de su cuerpo. Es la vibración, el sonido del tejido mismo de su ser que está siendo aplastado y estirado; la distancia entre los átomos de su cuerpo se contrae, y luego se expande. El ciclo se repite una y otra vez. Por un momento, siente que los dedos de las manos y de los pies se separan de ella, arrancados por la fuerza de la marea. Es una sensación parecida al agudo más bajo del altavoz de graves más grande que se haya construido jamás. Suena como la voz profunda de Dios susurrándole sonidos de ASMR directamente al oído. Le produce hormigueos, emociones, y deja a su paso un matiz subsónico de temor y expectativa.
Siente un escalofrío. "Onda gravitatoria", dice. "Cuéntame algo, Geoda".
A la oficial de geodesia del espacio-tiempo parece que le acabaran de entregar el premio Nobel. "¡Esto es alucinante!", exclama, plenamente consciente de que ella y todos los demás están a punto de morir, pero arrebatada de tales preocupaciones terrenales por el entusiasmo científico. "¿Notas ese rugido? Estamos experimentando ondas gravitatorias de alta amplitud y alta frecuencia. Ataques de Faetón. Axiones decayendo por el casco. Neutrinos estériles. Todo viene de una fuente con rumbo, eh, cero cuatro cinco punto cero tres cero relativo, alcance… alcance muy variable".
Otra onda atraviesa la Yang Liwei. Todo cuanto hay en la nave se comprime y se estira simultáneamente mientras la onda gravitatoria deforma la métrica del espacio-tiempo. "¿Es el fantasma?", pregunta Li, mientras su nave vibra subsónicamente. "¿Es esa nave fantasma la que emite estas ondas?".
"¡No tengo ni idea!", dice GEOD, exultante. "¡Nada de esto tiene ningún sentido! ¡Uf!".
Alice Li tiene la clara sensación de que algo antiguo y malévolo está actuando sobre ellos: una mano con un billón de dedos que se estira para acariciar los mismísimos átomos de su ser, haciendo girar los protones, rasgando los nervios como las cuerdas de una guitarra. Una lengua con diez mil millones de tenedores que se arrastran para probar la superficie de sus cerebros. La sensación de inminentes crescendos de calamidad. Sabe con total y absoluta certeza que lo que está a punto de ocurrirle a ella y a su tripulación es mucho peor que la muerte. Ahora la oscuridad sabe que existen. Sea lo que sea lo que ha venido a matar a la humanidad ha probado su sabor.
"INCO". Se aferra a su arnés de sujeción mientras la nave ruge a través de otra onda. Sus huesos crujen al estirarse. "¿Último informe sobre el Viajero? ¿Algún indicio de intervención?".
"Fue en la Tierra, capitana, y hubo descargas de armas de alto rendimiento por toda la señal. Nada más".
"Entendido". Bien. No ha volado tan lejos para luego mirar atrás y suplicar que la salvara un dios alienígena. Fijo en el centro de su sensorio está el centelleante resultado del voto de su tripulación: seguimos adelante. No volvemos a casa. Nuestro destino está hacia delante, no hacia atrás.
"Lanzad una antena", ordena. "Quiero fuera todas las sondas y satélites que tengamos".
"Capitana", protesta INCO, "el vacío no permite las señales…".
"Todavía transmitimos señales internamente, ¿no? ¡Usa cable físico! ¡Pasa filamentos entre los satélites! Quiero una torre de transmisión ahí fuera, y quiero emitir".
Su tripulación se la queda mirando. "¿Capitana?", dice FIDO. "¿Emitir el qué?".
"Una declaración de neutralidad". Alice Li aprieta los dientes contra otra onda. Le hace castañetear las muelas en el cráneo. "Sea lo que sea lo que hay ahí fuera, viene a por el Viajero. Le diremos que no somos parte de esta guerra. Nos hemos escindido de la existencia humana bajo el Viajero. Exigimos ser tratados como una especie distinta, no como parte implicada en los conflictos de la humanidad".
"Y rezamos por que haya algo ahí fuera a lo que le importe la diferencia".