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Después de la Guerra de los poseídos, los barones repudiados se agruparon en un momento de debilidad para fortalecerse y dar caza a todos los que practicaran las antiguas costumbres elixni. Comenzaron justo con lo que su pueblo necesitaba para sobrevivir: el éter. En cierto modo, los barones se habían hecho los jefes de una nueva Casa, los sacerdotes de sus propios ritos y los árbitros de sus propias pruebas.
El terror que desataron se había hecho casi tan poderoso como cualquier kell. Estos bárbaros no eran elixni; eran más "caídos" que ninguno de sus hermanos. Eran todo lo que el Juicio había tratado de purgar antes del Tornado; y ahora, se pudrían encerrados en lo más profundo del Presidio de los Ancianos. Cayde y sus "Seis" habían obrado bien con sus palabras.
La vara de Variks tocó levemente las baldosas del suelo y unos ruidos como de risa sofocada emanaban de su garganta. Pasó cojeando por al lado de sus celdas mientras los sirvientes se activaban con un zumbido.
Hora de comer.
Vio el odio en todas las celdas por las que pasaba. Bañados en la luz de éter fluyente, esos ojos se le clavaban en la carne, veían a Variks mutilado mil veces más.
Yaviks, la Amazona, la Indómita. Ella y su equipo sembraron el terror y la enfermedad con sus letales barracudas.
Elykris, la Maquinista. Empleó trampas de gravedad y telemetría cabal robadas para sabotear naves, despojarlas de su carga y remolcar los cascos de vuelta a sus propios astilleros.
Pirrha el Ciego, el Fantasma del Cañón hacia el Infierno, que vigilaba el territorio de los barones con señuelos invisibles y acabó con todos los intrusos desde las sombras.
Reksis Vahn, el Asesino de Dioses, el Ahorcado. Había escondido las reservas de éter de sus víctimas y conducido a los barones y a sus seguidores a un frenesí con ese macabro festín.
Araskes, la Ocurrente. La Traidora. La Bromista. Una genio. Una mentirosa, ladrona y asesina.
Kaniks Dosdedos, el Bombardero Loco. Los peligros del Arrecife se habían multiplicado por cien con sus minas escondidas en cada roca y rincón polvoriento del cinturón.
Y el más desagradable de todos ellos, Hiraks, el Doblegamentes. Este encontró en la colmena una forma de infectar las mentes de los elixni.
Solo faltaba uno.
Fikrul. El Hereje. El Fanático. Uno a quien Variks se atrevió en su día a llamar amigo, cuando el arconte atendía al Kaliks primario. Antes de su traición. Esperaba que el Fanático estuviera muerto; Cayde le aseguró que lo estaba. ¿Y acaso no era fiable Cayde-6?
Riéndose, farfullando para sí, Variks apagó las luces del pasillo. Y los barones se sumieron de nuevo en la oscuridad.