Cicuta
"Tú no eres de mis poseídos".
Sloane cuadró sus hombros frente a la voz que estaba hablando con ella. No le sorprendía. Cada vez que visitaba el mundo trono de Eris, ese mismo ojo siniestro y solitario parecía seguirla.
No tenía por qué gustarle ni por qué hablar con él; con la voz.
"Pero ¿qué eres tú?", preguntó él en voz alta, como si la respuesta o la ausencia de ella fueran completamente inmateriales. "Me han dicho que los poseídos cambiaron de manos muchas veces. ¿Quién te poseyó a ti?".
"Nadie", dijo Sloane antes de poder pensar bien la respuesta. "Dije que no".
"Ah, ¿sí?".
La atención del Eco pesaba terriblemente; sentía un torrente de neutrinos estériles y una punzante sensación de peligro recorrerle la columna. No obstante, Sloane siempre era fiel a sí misma, por lo que se enderezó, subió la barbilla y no titubeó. "No necesito ese poder".
"La oferta aún sigue en pie", dijo el Eco con amabilidad. "Puede que ahora no lo necesites, pero ¿estás segura de que no lo necesitarás más adelante?".
"Sí", dijo Sloane, convenciéndose de que era cierto. "¿Qué quieres?".
"Entender", dijo Oryx, y la simplicidad de la palabra le cortó como un cuchillo. Desfiguraría, retorcería o rompería lo que hiciera falta con tal de hacerlo. No le cabía la menor duda.
"Entonces entiende esto: no pienso ceder". En las manos de Sloane restallaba la luz de arco mientras cerraba los puños. "Y me siento completa. No necesito más poder". Sabía que eso no era del todo cierto: estaba en Siochain y en Ahsa, en la Luz del Viajero y en la Vanguardia, igual que ellos en ella. No obstante, lo cierto era que no necesitaba a los poseídos.
"Aiat", dijo el Eco consideradamente, y luego guardó silencio.
Pero Sloane no se retiró. Le dio vueltas a esa palabra una y otra vez en su cabeza. Aiat. Tenía un significado diferente al de antes; sonaba como si su propia voz le dijera que se sentía completa.
Muchas horas más tarde, mucho después de abandonar el mundo trono de Eris, seguía rondándole la cabeza. Y ella seguía preguntándose si era verdad.