Una invocación
Los océanos de metano de Titán se enturbiaban. La aplastante gravedad de Saturno provocaba inmensas mareas por toda la superficie del satélite.
En la reconfortante oscuridad, bajo las olas, las mareas se henchían y se contraían como la respiración de una gran bestia. En ese revoltijo de fuerzas elementales dormía el protogusano Ahsa.
En realidad no estaba "dormida" tal como lo entendería su guardiana. Para los frágiles humanos, el sueño era un estado frenético y desinhibido. La mente deambulaba libremente entre el terror, el éxtasis y el olvido. No era una condición que Ahsa considerara "reparadora".
En cambio, la atención del protogusano vagaba en paz entre campos cuánticos que la física o la materia no habían corrompido. Su consciencia se alejó de las farragosas formas de pensamiento que empleaban los humanos para alcanzar un estado más expansivo. A ojos del cosmos, no era más que una neblina. El tiempo fluía a través de ella como una tranquila brisa.
| Ahsa |
De repente, menguó su serenidad. Como si se hubiera formado un súbito remolino debajo de su mente que la succionaba inexorablemente de vuelta a su cuerpo. Sintió cómo se hundía.
| Akka…, Xita…, Sel…, Ahsa…, Ora…, Leis…|
De súbito, notó cómo la demoledora densidad de su forma material la arrastraba hacia abajo. No obstante, se calmó al identificar de nuevo las opresivas fuerzas como meras sensaciones físicas.
| Separo lo verdadero de lo muerto. |
Conocía el fenómeno que la hacía replegarse. Una voz humana. Las palabras sonaban nítidas e incisivas. Hedían a putrefacción. Desesperación. Violencia.
| Soy el hambre de mil bocas. Soy la verdad más afilada. |
La voz se hizo más fuerte, como un hongo saprofito que florecía sobre un cadáver. Le envolvió la mente con los tentáculos de su micelio. Una invocación.
Intuía que podía escapar de esta conexión si así lo deseaba. La voluntad de la voz invisible no era tan fuerte como para engatusarla. Aún no.
| Devoro a los libres. Conspiro con mi venganza. |
Ahsa reprimió el deseo de enroscarse. Bajo las palabras rituales, reconocía una voz discordante…, altruista. Quien hablaba también se estaba sacrificando. Proponía un infortunio mutuo en favor de un fin más grandioso: la supervivencia del universo.
Su recelo recíproco le dio consuelo. Ahsa se abrió, permitiendo que la voz resonara dentro de ella.
| Cogeré lo que necesito. Las palabras de mi garganta son el arma de mi puño. |
La horripilante naturaleza del método de la voz se hizo palpable: Ahsa iba a convertirse en receptáculo del poder que había cosechado. Una batería para la lógica profana, como sus corruptos parientes.
Oleadas de emociones contradictorias se apoderaban de Ahsa mientras afloraban los recuerdos de cuando abandonó Fundamento. Tras su huida, había pasado milenios llorando la muerte de sus hermanos perdidos. Pero latente siempre debajo de la superficie de su desesperación había un atisbo de esperanza, como un tesoro enterrado. La esperanza de que algún día lograría redimir su depravación.
Esa esperanza salía ahora a la superficie empuñando la misma espada de la que una vez huyó.
| ¡Aiat, aiat, aiat! |
Tras la invocación final, Ahsa logró comprender el propósito de la voz. Buscaba poder, pero no para sí misma, ni siquiera para su especie. Luchaba por preservar el cosmos tal y como lo conocía. Salvarlo del cruel yugo de una tiranía herida con la única herramienta que conocía.
El protogusano imaginó el universo hinchándose y contrayéndose como las mareas. Sin tener en cuenta a ningún ser. Cuando se mueve de esta manera, solo se pueden aceptar sus impulsos y usarlos de la mejor manera posible.
Gracias a su vínculo con Sloane, Ahsa sabía que eso era lo que los humanos llamaban "destino".