El kell
En el Arrecife reina el caos. Lavinia cree que la pérdida ha sumido a los insomnes en una suerte de trauma colectivo. Festejos sin fin iluminan el cielo púrpura; la gente salta del mundo y flota a la deriva en la atmósfera artificial hasta que los esquifes los devuelven a tierra mientras protestan, aturullados.
Lavinia no se relaciona con nadie, siempre está al margen de todo. Cada noche le invade la morriña y se convence a sí misma de que el Arrecife es el lugar adecuado para iniciar su viaje de regreso a casa. Esta reunión podría ser el primer paso...
"Estamos de luto", murmura la caída junto a ella. "El Maestro Ives ha sido asesinado y Variks ha desaparecido. La Araña recluta a mis amigos. Pero bueno, yo he elegido quedarme para proteger la obra del Maestro Ives. Entra y póstrate cómoda. Voy a por té de nitrógeno y algunas grabaciones".
"Gracias". Lavinia no sabe si reír o llorar por lo de "póstrate cómoda". ¡Ojalá pudiera postrarse en su propia casa! Pero al final todo saldrá bien. Encontrará a los Nueve, revelará la verdad a los suyos y recibirá su perdón.
La caída regresa con té y unos dispositivos. "Mira. Una grabación del Presidio de los Ancianos. Al Maestro Ives le fascinaba".
Ve a Skolas, el kell caído de los kells caídos, esperando para morir en combate. Su gigantesca armadura cornuda retarda sus movimientos, como un compañero desfallecido que trata de imitar todo lo que hace. Un sirviente le bombea éter. Lavinia se pregunta qué le ocurriría a ella si tomara éter. ¿Sentiría una clara y fría determinación? ¿Se convertiría en una Lavinia gigantesca? ¿Dejaría de añorar su hogar?
"Mara". La boca de Skolas no está hecha para pronunciar ese nombre. "Mara, ¿me oyes?"
"La reina del Arrecife lo sentenció al mismo destino que al resto de caídos", suspira la acompañante de Lavinia. "A luchar, a esforzarse y a fracasar. Pero él ya estaba perdido. Perdió la cabeza en la Ciudadela, cuando vio el interior del tiempo".
Skola exhala un vapor blanquecino. La escarcha crepita en su máscara. "Tú me entregaste a los Nueve. Y ellos me enviaron de vuelta. La gente piensa que eres una necia. Que cometiste un error al liberarme. Condujiste a tu pueblo hasta mi espada y yo hice lo propio con el mío".
La traductora de Lavinia murmura sobre las palabras del kell. "El agente de los Nueve nunca me dijo por qué me liberó. Ahora lo sé. Y creo que tú también. Ambos necesitáis a los guardianes... y los Nueve no comprenden la vida y la muerte. Así que me enviaron de vuelta contigo para hacer venir a los guardianes. No comprendieron el daño que hacían.
"Y yo tampoco los comprendí a ellos. Viajé durante años por los dominios de los jovianos, pero no conozco a los Nueve. En cambio, tú, Mara Sov... Tú eres la única que negocia con ellos. La única que previó su función en el juego. Mantienes en secreto tus éxitos para que el mundo solo conozca tu errores. No me extraña que te haya subestimado".
Levanta con esfuerzo el cañón calcinante que sus carceleros le han dado. Lavinia piensa en las herramientas que usaban siempre en la casa del kell: la lanzadera y el telar. "Vi la silueta de los Nueve en Venus. Un lugar que apreciaban muchísimo, donde los deseos podían transformar su carne. Vi que estaban unidos a esta estrella y a estos mundos. En ese aspecto, eres igual que los Nueve. Pero yo no. Estaré encantado de abandonar este mundo, Mara Sov. Estoy harto de ser un títere".
Skolas deja caer su enorme cabeza cornuda contra la pared de la celda.
Lavinia lo observa y se le cae el té de la emoción. "Quieren ayudarnos", susurra. "¡Son de nuestros planetas! ¡Quieren ayudar! Ay, lo siento, qué torpe...".
Lavinia se agacha para limpiar el té derramado. Una granada cegadora le explota en la cara. Cuando recobra el conocimiento, un oficial insomne la está condenando bajo la ley marcial a prisión por espionaje.
Lavinia busca desesperadamente alguna señal de su buena suerte y se alegra al ver que la caída se libera.